La Coctelera

Gonzalo Navas

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16 Agosto 2010

Mientras Tanto: A las cuatro de la madrugada (I)

  

1) Algún punto entre Algeciras y Madrid. La luz de la luna refulge sin forma definida detrás de las nubes que la ocultan, iluminando de un tenue color amarillento el oscuro compartimento. El suave traqueteo del tren se ralentiza ostensiblemente por encima de la música de su MP3, Alberto, resignado a no pegar ojo, tumbado en su litera, levanta la vista para observa el paisaje a través de la ventana: un polígono industrial abandonado, comido por la oscuridad, apenas rota por los conos de luz anaranjada que caen de las farolas. Una pequeña ciudad de edificios de cemento gris y ventanas negras. Por entretenerse intenta localizar algún ser vivo, no lo consigue. 

 

El mapa de España le viene a la cabeza e intenta imaginar en qué punto exacto estará en ese momento, se recrea en la sensación extraña de no tener la más mínima idea de dónde podría ser, la idea le crea un pequeño peso en el estómago. Se pregunta por el nombre del pueblo que asoma más allá del polígono, un grupo de casas bajas sin luz en las ventanas de la que despunta el torreón de una iglesia. Es la última persona despierta en el mundo.

Tienta con la mano a la altura de la cintura, localiza el móvil y aprieta un botón. Lo vuelve a dejar en su sitio. El polígono queda atrás, el tren vuelve a recuperar el ritmo de su traqueteo, la luna vuelve a aparecer entre las nubes, la sombra de los árboles le rascan la parte más baja mientras pasan por debajo. Mira al cielo, todas las estrellas sin excepción están allí. Con esa imagen se tumba boca arriba y trata de dormir.

 Finalmente se incorpora e inicia el descenso desde la litera al suelo con cuidado de no hacer ruido. Se pone los pantalones y una camiseta, se guarda el móvil en el bolsillo y a tientas se dirige a la puerta que da al pasillo.

Fuera una serie de luces tenues recorren el pasillo de parte a parte, la vista por la otra parte del tren es menos interesante, sólo árboles negros recortados bajo un cielo estrellado. Camina silencioso por la moqueta verde oscuro hasta llegar al servicio, cierra la puerta tras de sí. Abre el grifo y se echa agua en la cara, se mira al espejo, se pasa la mano por la barba descuidada, con dos dedos se arranca una cana, hace una mueca que deja en relieve un par de ojeras de campeonato. No hay papel, abre la ventana y deja que el aire frío haga su doble trabajo: secarle la cara y despejarle un poco.

De vuelta al compartimento se detiene, mira en sentido contrario y decide que un café es más apetecible que dar vueltas en la cama.

La cafetería está silenciosa, las mesas en penumbra. Tras la barra no hay nadie, pero de la puerta de la  cocina asoma la luz azulada de un televisor.

Alberto se acerca más, se inclina por encima de la barra y llega a ver una pernera de un pantalón azul marino desparramándose desde una silla, y del pantalón asomando un calcetín rojo. Ahora puede distinguir un leve ronquido que se alza por encima del traqueteo del tren.

Alberto duda un segundo, luego fuerza una tos, pero el ronquido no pierde su tempo. Prueba con uno más fuerte. El resultado es el mismo con la salvedad de que el ronquido aumenta sus decibelios.

Mira a un lado y al otro, finalmente salta, apoya un pie en la barra y aterriza del otro lado. Coge una taza, se sirve leche fría, toma un sobre de azúcar y otro de café soluble. Mira a un lado y al otro, localiza un paquete de cucharas de plástico, colgado torpemente de un armario al lado de la puerta de la cocina y se dirige hacia el.  

Alberto comprueba que los ronquidos siguen ahí, toma una cuchara con cuidado de no hacer ruido. Por el rabillo del ojo puede ver el calcetín rojo brillando con la luz de la televisión. Finalmente mira a través de la puerta y puede ver una figura, echada sobre una mesita, con la cabeza entre los brazos, la espalda subiendo acompasamente con cada ronquido. En ese momento suena el pitido de un móvil, los ronquidos cesan y la figura se incorpora bruscamente, dejando a Alberto el tiempo justo para echarse atrás y salir del campo de visión.

De puntillas, se dirige a toda prisa hacia la barra, deja el vaso y los sobres en la barra, salta apoyándose con una mano justo cuando escucha ruidos detrás. Al caer del otro lado, toma el vaso y se agacha, ocultandose bajo la barra para no ser visto. En ese momento se da cuenta de que no tiene el más mínimo sentido haber hecho eso, si le había visto ya sabría que estaba ahí y no tenía sentido ocultarse, si no le había visto lo mejor era incorporarse lo antes posible y disimular. Por alguna razón sigue agachado. Se acerca el vaso a los labios y toma un sorbito de leche fría.

  Del otro lado llega el sonido de un profundo y descuidado bostezo. Luego el de un cajón o algo parecido abriéndose, seguidamente distingue el ruido característico de una lata de refresco siendo abierta, luego líquido pasando por una garganta al ser tragado y finalmente un eructo seco. 

Alberto toma un sorbo de leche por matar el rato mientras espera a escuchar pasos de vuelta a la cocina. Pero sólo escucha otro trago por encima de su cabeza. Decide hacerse el café allí mismo, echa el sobre de café y azúcar en la leche y lo remueve con la cuchara. Toma un sorbo. Está frío y su sabor es anodino. Le sobreviene una risa tonta que tiene que esforzarse por calmar. "Probablemente el botín más miserable de la historia", piensa.

Suena un pitido del otro lado, Alberto lo reconoce como un mensaje de móvil. Silencio. Unos segundos después escucha una voz de chica:

-Carne de perro...- Susurra la voz.

Alberto deja de remover el café y levanta las cejas.

-Te-den-por-culo. Amiguita. Besos.- Vuelve a susurrar la voz, esta vez como dictando un telegrama.

Silencio. Pasan unos minutos. Escucha diversos sonidos sin origen definido del otro lado de la barra. Bebe un sorbo de café, pasea la mirada distraídamente por el lugar y es cuando ve a un hombre de unos cincuenta años, mirándole impertérrito desde el otro lado del cristal de la puerta que separa la cafetería y el vagón de los compartimentos. Alberto, aún en cuclillas, levanta la mano y saluda. El alemán, sin cambiar el gesto, da media vuelta y se pierde entre la penumbra del pasillo. 

Alberto termina el café y lo deja en el suelo, a los pies de la barra.

Pasados unos minutos escucha como la televisión cambia de canal varias veces. Sin pensárselo dos veces comienza a andar en cuclillas hacia la puerta. a medio camino escucha un tosido detrás, Alberto se vuelve para ver a la camarera: es una chica joven en uniforme de azafata, de pelo largo y moreno. Asomando por encima de la barra le mira negando levemente con la cabeza y expresión de incomprensión, las palmas hacia arriba y los hombros levantados.

Alberto se hiergue, carraspea y comienza a hablar fingiendo normalidad:

-Pues un café con leche, por favor.- Tratando de sonar normal mientras se acerca de nuevo a la barra.

-¿Te lo sirvo en un cuenco y te lo pongo en el suelo?-Pregunta la chica con seca ironía.

-En taza mejor, casi. Por favor.-con fingida seriedad-leche caliente, si es posible.-Contesta.

La chica se le queda mirando un segundo con el ceño fruncido. Finalmente se dirige a la máquina de café negando con la cabeza mientras bosteza sin disimulo. Prepara el café, lo asegura a la abrazadera con fuerza, coloca una taza bajo el grifo de café y espera a que empiece a caer mientras se atusa el pelo.

 Alberto puede ver que tiene un piercing en la nariz y unas ojeras que ganarían en cualquier concurso a las suyas.

-Sueñete, ¿eh?- Pregunta Alberto justo cuando la camarera gira la manecilla del calentador de leche y su pregunta se pierde entre su silbido atroz.

Finalmente la camarera cierra la manecilla del calentador, vierte la leche en la taza con el café ya preparado y se lo acerca a Alberto.

-Sueñete, ¿eh?- Pregunta la camarera al reparar en las ojeras de Alberto.

-Yep. Duermo fatal en cualquier sitio que no sea mi cama.-Responde éste mientras remueve el azúcar.

-Ya, me pasa igual.- Dice ella mientras le da otro sorbo a la coca-cola, esta vez sin eructo después.

Alberto sonríe. La camarera percibe algo raro en la sonrisa.

-¿Está siempre tan animado esto?- Pregunta él.

-Sí, durante la semana sí.-Responde ella mientras mira el móvil de soslayo.

Alberto le da un sorbo al café.

-Y cómo va, ¿siempre hacéis la misma línea?-

-No, vamos rotando.-

-¿Siempre de noche?-Pregunta Alberto.

-Yo sí.-

-Yo curré de noche una vez, de vigilante, cuando tenía veinte años. Casi no lo cuento.-

-Eso es cada uno. A mí me va bien.-

Silencio. Ella vuelve a mirar el móvil.

-Oye, por mí no te quedes aquí, me las apaño sólo, toma, te pago el café...-Dice Alberto.

-Deja, deja, con calmiña. Y tú, ¿eres de Madrid?-Pregunta ella.

-Sí. Oye, ¿dónde estamos?-

-A ver...-echando un ojo al reloj-no hemos llegado a Ciudad Real.-

-Ahá.Y tú, ¿eres de Madrid?-

-Barcelona.-Contesta ella justo cuando un nuevo pitido anuncia un nuevo mensaje en su móvil. Agarra el móvil, lee el mensaje y su expresión se vuelve sombría.

-Carne de perro.-Dice Alberto, ausente. Ella le mira sorprendida.

-Te he oído antes...-Explica Alberto.

-¿Se puede saber qué hacías?-Pregunta ella. Alberto niega con la cabeza en sustitución a un "mejor no".

 Silencio. Alberto saca su móvil del bolsillo. Lo mira. Lo vuelve a guardar. Detalle que no le pasa desapercibido a ella.

-¿Oye, y si continuamos la charla sentados, con un café?-pregunta Alberto-¿ahí, por ejemplo?.-Pregunta señalando una mesa en penumbra frente a una ventana. Ella contesta meneando la cabeza lánguidamente arriba y abajo mientras se dirige a la máquina de café. Alberto toma su taza y se dirige a la mesa.

-No sé si te puedes meter en un lio por salir de ahí...-

-Sí, en uno gordo que te cagas...-Dice ella con ironía, arrastrando las palabras.

-Pues ya está. así me explicas qué es eso de"carne de perro".-Añade él.

Pero la frase se ahoga entre los silbidos del calentador de leche.

 

 

(Continúa)

 

 

 

 

 

servido por Gonzalo Darko 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Mer

Mer dijo

Interesante. Continuará...espero.
Lo de carne de perro, sobre todo.

16 Agosto 2010 | 12:26 PM

Juanjonusky

Juanjonusky dijo

Se echaban de menos los "Mientras tanto"! Yo también me quedo expectante!

18 Agosto 2010 | 12:17 PM

Cata

Cata dijo

Poniéndome al día, y a la espera!

30 Agosto 2010 | 01:28 PM

Gonzalo Darko

Gonzalo Darko dijo

Cata!! un besete. En breve colgaré el segundo.

30 Agosto 2010 | 01:50 PM

hftwgg

hftwgg dijo

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7 Diciembre 2010 | 10:17 AM

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