Mientras tanto: A las tres de la madrugada (final alternativo)
Oporto, Joaquim consume su tercer cigarrillo con la vista perdida en el paisaje que se abre desde la azotea del edificio donde vive, el lugar que más frecuenta ultimamente. Delante el río, las luces nocturnas y el repiqueteo de la lluvia sobre la piedra.
Al final lo que queda es eso -piensa- hay que tomarlo según viene, tal y como és, quizá no sería mejor si fuera más simple, poder aplicarle su dosis de razón, entenderlo todo, solucionar la ecuación y quedar libre, pero siempre fui nefasto con las matemáticas, me hacía un lío con las cuentas y al final me comía o contaba de más, siempre me acabo perdiendo cuando las cosas se vuelven complejas.
Ahora sí creo en lo que decía Lydia, todo está conectado, el mundo tiene su ritmo, su verdad, ajena a cualquiera y común a todos, nada es cuestión de fácil o difícil, de justo o injusto, es cuestión de lo que és en una matemática perfecta que es mejor no intentar descifrar, es así y no se puede cambiar, porque no se puede cambiar lo que cambia todo el rato. Vivir es eso que está en ese espacio al fondo del armario donde no llega el brazo, ese espacio entre quién eres y lo que el mundo es, ese espacio que se tiene que llenar con lo que uno sea capaz de creer.
Es curioso, me da escalofríos y calor a la vez pensar que ese azar que trae cosas buenas y se las lleva no para nunca, que lo único seguro y común a todos es eso mismo, ese orden perfecto y oculto llamado azar que rodea el camino que andamos todos a la vez y mientras tanto, en un vaivén de días y horas que se siembran de momentos que no se pueden agarrar, sólo vivir, y que se quedan ahí, por todas partes, como un eco inaudible y eterno.
Recuerdos, cierro los ojos y ahí está ella, bailando aquella mañana. Recuerdo sus pies y la luz del sol sobre su espalda, el recuerdo de ese ascensor oscuro y mugriento.
Distancia, siempre distancia, distancia entre ella y yo, entre todo el mundo al fín y al cabo.
Futuro, hubo un día en el que Lydia apareció sin avisar, sin yo pretenderlo, sin buscarlo, apareció a la vuelta de una esquina que crucé no sé por qué, tantísimas cosas podrían haber impedido que sucediera, pero sucedió, por eso ahora tengo que confiar en que todo está bien, y lo está, lo he hecho bien, por fín, y con eso debe bastarme.
Tengo mi piano, con el podré transformar los gusanos en algo mejor. Es hora de seguir caminando y conocer nuevas esquinas.
Joaquim cierra los ojos y deja que el aire le golpee la cara. Durante unos minutos se dedica a respirar, a no pensar en nada.
Mira su reloj, las tres, hora de volver a casa.
Echa un último vistazo al río, luego se vuelve y camina hacia las escaleras. Sumido en sus pensamientos levanta la vista distraídamente y entonces se detiene.
Joaquim cree por un momento que está inmerso en una de sus escenas imaginarias, pero lo que ve sigue allí, una silueta recortada contra las luces de la ciudad al fondo, una imagen imposible, la impredecibilidad ocupando un espacio improvable, en carne, hueso y gorro rojo, plantada depie en la azotea de su edificio, mirándole.
Joaquim se acerca lentamente sin apartar la vista, intentando no correr. Ya frente a frente no dicen nada, Joaquim se da cuenta de que Lydia respira agitadamente, moviendo los ojos erráticamente, se muerde las uñas y sus piernas no permanecen más de un segundo apoyadas en el mismo lugar. Joaquim la observa algo extrañado, se acerca más y lleva las manos a sus mejillas.
-Ly, ¿qué pasa?- Pregunta, confundido por la expresión inquieta de la chica que parece al borde del colapso. Pero ella no dice nada.
-Ly, ¿qué te pasa?- Lydia le mira y comienza a hablar.
-...llegué a casa, cené algo, me duché...estaba sentada en la cama, todo normal, estaba...poniéndome el pijama...me puse a...hacer las maletas, estaba metiendo mi ropa...y...-
Joaquim mira a Lydia sin entender, esta prosigue su discurdo.
-Metí unos zapatos en la maleta y...entonces...entonces...vi mis zapatos allí dentro y miré alrededor, mi cuarto...y...todo estaba vacío...- Se detuvo incapaz de seguir mientras empezaban a caerle dos lágrimas largas y caudalosas de los ojos.
-¿Qué ha pasado?- Pregunta Joaquim preocupado.
-...estaba bien...y...no sé porqué...-se suena los mocos- me he...no sé por qué...me he dado cuenta, de que no estabas allí, y que me iba y que te iba a perder, de verdad, para siempre y luego...me acordé de momentos...momentos y que -traga saliba-...no había nadie, no estaba sola, pero lo estaba, sola...y...que estás... que estoy cansada -se suena los mocos- que nadie, nadie...me...yo, soy una gilipollas, gilipollas...- Se atraganta mientras busca frenéticamente las palabras que apenas encuentran espacio para salir por su garganta.-
-Lydia...- Lydia no puede hablar más y trata de usar sus fuerzas en recuperar la respiración. Joaquim la abraza y la mece suavemente.
-...lo siento, lo siento mucho, soy un puto desastre, siento haber necesitado ese ascensor para...para...yo...te...lo siento...lo siento, lo siento, lo siento.- Joaquim cierra los ojos luchando por no ser engullido en la fuerza de aquellas palabras. La besa en la frente mientras ella sigue llorando sobre su chaqueta.
Pasan un par de minutos antes de que la respiración de Lydia se calme, finalmente Lydia acerca su cara al oído de Joaquim y en susurros, a trompicones, interrumpida por lágrimas y mocos, le canta una canción que ambos conocen muy bien.
Fín.
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selenedenebulae dijo
Una canción puede ser un buen final para una historia. Me gusta.
Muchos besos.
10 Agosto 2009 | 07:22 PM