La Coctelera

Gonzalo Navas

Cruzando el exterior

31 Marzo 2009

La armónica

 

 Pedro era un viudo de ochentaiséis años, hacía diez que vivía en un asilo, su familia venía a verle un par de veces al mes, siempre hacían lo mismo, le hacían las preguntas de rutina y utilizaban las escasas dos horas que pasaban yendo y veniendo a la cafetería y apaciguando a los niños que revoloteaban por su habitación gritando y jugando mientras hablaban por el móvil. A Pedro le daba igual, hacía mucho que había perdido el interés por ellos.

Era una persona que había aprendido el valor del silencio, no era como Javier, el militar retirado de la habitación contigua, que mendigaba conversación con las enfermeras y las familias agenas, que le miraban con una sonriente condescendencia que denotaba el más profundo desinterés. De vez en cuando le había oído sollozar por la noche, lo compadecía.

 Pedro había vivido mucho y de forma intensa, había aprendido a ir cerrando etapas y círculos, tras perder a su mujer hacía tres años necesitaba ya pocas cosas que estuvieran fuera de su empequeñecido cuerpo, nunca había dudado en su vida, todo en ella se había dado de forma natural, seguida, con ritmo. Y nunca había sentido estar en otro lugar que el que le correspondía, hasta aquel día. 

Su mayor afición (tras dejar de fingir interés por el chinchón en la sala de juegos), era mirar por la ventana, miraba durante horas el patio de la residencia, dejándose fundir en el paisaje, en el silencio de la tarde, apenas roto por el canto de los pájaros, la voz de algún interno en el patio y el coche que traía comida para el comedor cada mañana.

 Se sentía parte de el paisaje, del sol, del enorme árbol en el centro del patio y del sonido del viento agitando las hojas. El silencio en el que había derivado el ruído rítmico de su vida le parecía perfecto ya que para él la vida había sido siempre como una orquesta en la que cada instrumento había ido terminando su sinfonía a su momento, fase por fase.

Había sido músico toda su vida, desde que su padre le compró una harmónica cuando tenía doce años, llegó a ganarse la vida con ello, hacía conciertos en los bares de su barrio, con veinte años tocaba con soltura varios instrumentos, y a los veinticinco, tras un concierto se le acercó una señorita muy atractiva con los ojos humedecidos de emoción para darle la enhorabuena por su talento. Dos años después se casaron, él puso su oficio a su servicio y ella descubrió en sí una afinidad por la música que desconocía, con el tiempo y el apoyo de Pedro llegó a cantar en sus conciertos, después a componer canciones y finalmente inició una carrera musical en solitario de gran éxito y jamás se dedicó a otra cosa. Se hicieron muy felices siempre.

 Ya hoy, la artrosis le impedía a Pedro seguir tocando el piano y la guitarra, sus pulmones ya no tenían fuerza para sacar sonidos de su trompeta y la percusión no era ya una opción. Pero su armónica seguía ahí y el sabía que todavía podía hacerla sonar como siempre, el problema era que no se atrevía a poner un sólo dedo en ella, de hecho evitaba mirarla a pesar de estar flamantemente pulida sobre su mesilla de cama. Tenía pánico porque temía que los recuerdos que le trajeran aquellos sonidos le destruyeran, destruyeran sus tardes de ventana, su paz, que hicieran que el brillo del sol perdiera fuerza, que el árbol sólo fuera un decorado y que las sombras de la tarde lo ahogaran vivo en el océano negro de los recuerdos.

 Pero el pájaro seguía volando en su cabeza. Un pájaro que le susurraba una melodía nueva, una melodía que iba emitiendo notas sueltas pero que hasta que no tocara no hilbanarían nada completo. Una melodía nueva, la última.

Aquella noche no durmió, tampoco es que durmiera demasiado, pero no durmió nada, la luz de la farola dibujaba a contra luz naranja la silueta del árbol que Pedro veía tumbado en la cama a través de la ventana, la armónica, flamante sobre la mesilla, se entrometía en la visión del paisaje con la ventana abierta, Pedro recibía el aire cálido del verano en la cara y el sonido del viento. Permaneció así horas, casi sin parpadear, la respiración muy leve. En su mente se iba fraguando una inquietud que crecía, que ladrillo a ladrillo iba formando la estructura de una decisión.

Cuando la luz de la mañana estaba ya tintada de violeta, miró el reloj, y haciendo acopio de todas sus fuerzas se levantó,  trabajosamente se puso los pantalones y la camisa, se peinó y metió la armónica en el bolsillo del pantalón. Salió de su cuarto cerrando la puerta sin hacer ruido.

 El pasillo estaba oscuro, al final se veía la luz del flexo del celador, pero la mesa estaba vacía y Pedro aprovechó para deslizarse sin ser visto. Llegó a la puerta principal, estaba desierta, la abrió y salió al patio delantero, lo cruzó a toda prisa mientras pasaba por debajo del árbol en dirección a la puerta donde aguardaba el coche de los suministros del comedor, detenido, vacío pero encendido. Miró a ambos lados asegurándose de que no le viera nadie y metió sus huesos en el coche, le dolieron los dedos al agarrar el volante, pero los pies le funcionaban muy bien, así que no sin dificultades pisó pedales y salió raudo de allí sin mirar atrás, dejando atrás ventana, sol, árbol y patio.

 

Dos días después en la página de sucesos del periódico mencionaron a dos turistas de una ciudad costera, que habían encontrado el cuerpo de un anciano á orillas del mar, estaba sentado, apoyado en un coche encallado en mitad de la playa, vuelto hacia el horizonte con una armónica sujeta aún a sus manos y pegada a sus labios.

 

     

servido por Gonzalo Darko 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

lamazmorradelandroide

lamazmorradelandroide dijo

Y es que somos los únicos animales que somos capaces de morir por hacer caso a nuestras propias predicciones...

Fuerza y honor.

3 Abril 2009 | 01:30 PM

eleternoindeciso

eleternoindeciso dijo

Ya se sabe que mejor morir de pie que vivir de rodillas... ¿De qué sirve vivir si no se disfruta hasta el último momento?

Hermoso texto. Sigue así :-)

El Eterno Indeciso

11 Abril 2009 | 09:00 PM

Gonzalo Darko

Gonzalo Darko dijo

Sí, este texto tiene una mentalidad un poco kamikaze, un poco de perder voluntariamente el control y quemarse en el proceso.

14 Abril 2009 | 11:27 AM

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