Una Kojiro-tienda (1ª Parte)
De pequeño, mientras los demás niños jugaban con los robots electrónicos y los coches teledirigidos, él se dedicaba a abrirlos para estudiar sus entresijos, tratando de nombrar cada uno de sus componentes, arrancándolos para observarlos y luego agruparlos según color y parecido. Para él los juguetes eran el envoltorio y su interior el auténtico regalo, todo aquel entramado de misteriosas piezas que daba vida a los objetos.
Trataba de imaginar el nombre y la función de todos aquellos aparatitos de distintas formas y colores mientras las horas se le pasaban volando. No prestaba mucha atención a la mirada extrañada de sus amigos que le reprochaban que tan sólo se divertía si rompía los juguetes como haría niño del parbulario. Pero eso no era cierto, a Rafael le aburría la simplicidad del juego, no sentía placer viendo al super robot destruyendo las construcciones de madera que simulaban edificios. Le fascinaba saber por qué ese robot se movía, y cómo.
Sus padres no acababan de entenderle bien, pero como parecía un niño sano que tan sólo se divertía haciendo las cosas de forma diferente le dejaron estar. Pensaron que quizá no era buena idea forzarle a hacerlas de forma distinta o estigmatizar su comportamiento con moralinas, al fín y al cabo era un niño cariñoso con sus padres y amigos, normal en todo lo demás.
Aquel extraño interés por el funcionamiento de las cosas era algo que de alguna forma no les había pillado de sorpresa, su madre observó desde muy pronto que su hijo exploraba con las manos y la boca absolutamente todo lo que se encontraba, el biberon, los peluches, los juguetes que flotaban en la bañera, todo lo seguía con una mirada sin pestañeo de pura fascinación.
Además mostraba una adaptación rapidísima a su entorno, como una innatural capacidad motora, con algo menos de tres años sabía abrir ventanas, girar picaportes, encender la tele y cambiar los canales.
A los cuatro años su padre disfrutaba como un enano ante la batería de preguntas que le hacía su hijo acerca de cada objeto de su recién adquirido Wolkswagen Passat. Si el crio no entendía algo cambiaba la formulación de la pregunta para completar la información lo cual era atribuído a la común curiosidad infinita de los niños, pero lo que inquietaba a su padre era que el niño parecía entenderle.
Sus peculiares diversiones le trajeron más de un disgusto, una vez la madre de su mejor amigo llamó a su casa para quejarse de que Rafael había abierto en dos el master del universo nuevo de su hijo, acusándole de tenerle envidia y de ser un maleducado y un consentido. Rafael, muy impresionado por la reacción de su amigo y de su madre no encontró palabras para explicarles que lo que pretendía era entender por qué al moverles la cintura a los muñecos agitaban los brazos arriba y abajo, y que el problema es que una vez abierto y vuelto a cerrar, los brazos del muñeco ya no se podían volver a mover.
Aquello le causó un fuerte impacto e intentó desde entonces no dejarse llevar por el entusiasmo y perfeccionar sus métodos para no dañar aquello que quisiera abrir.
Algunas cosas le resultaban más fáciles de recomponer que otras, los juguetes mecánicos eran fáciles, tan sólo había que hacer un estudio previo del sistema para luego ir poco a poco aplicando las fuerzas en los lugares justos y con la cantidad adecuada para no romper nada. Los aparatos eléctricos eran más difíciles, había cables y remaches que no podían extraerse sin ser cortados y siempre que los manipulaba acababa rompiéndolos, aquello le frustraba ya que era dificil encontrar aparatos eléctricos que funcionaran y los de casa no se atrevía a tocarlos temiendo las represalias de sus padres. Aquellos aparatos le fascinaban, en su mente se asemejaban a un ser vivo, y lo quería aprender todo sobre ello, sentía una agonía creciente ante esa sensación de desconocimiento.
Fue poco después de cumplir nueve años que gracias a un buen profesor de plástica que reconoció sus habilidades ( y que se aburría mucho haciendo los mismos paneles de bombillitas de colores año tras año) pudo tener acceso a pequeños soldadores de estaño y otras herramientas que le pusieron a su disposición. Aquellos utelsilios le permitieron abrir y descomponer los aparatos con cuidado para luego volverlos a sellar y recolocar, sentía que un nuevo mundo se le abría ante sus ojos, sobre todo porque ahora ya nadie sería testigo de sus experimentos y podría esmerarse con ellos.
Se hizo con diversos utensilios y los ocultó en un agujero que cavó bajo una baldosa de su cuarto. Sabía que sus padres considerarían demasiado que un niño de diez años tuviera un soldador en su cuarto, aunque fuera uno pequeño, sin mencionar los punzones y medidores de voltaje.
Aprovechaba las tardes en que sus padres no estaban en casa para trabajar en sus experimentos, cuidandose de ventilar la habitación con tiempo suficiente para no ser descubierto. En aquella época aprendió muchas cosas sobre alternadores, condensadores, placas, circuítos, conductores. Su profesor de plástica le iba dando información acerca del uso de cada componente y le fue proponiendo retos cada vez mayores que fueron forzando las habilidades de Rafa más y más lejos.
Los padres de Rafael se lo encontraron navegando entre las tripas de su nuevo televisor, su padre entró en cólera cuando vio docenas de piezas agrupadas escrupulosamente en el suelo de la habitación y la carcasa del televisor abierta en dos trozos (como una cabeza cortada por un hacha) con todo el interior desparramado en perfecto orden.
Rafael miraba a su padre con una expresión seria e insondable mientras recibía una soberana bronca en la que sus padres le acusaban de "haberse pasado", de "haber ido demasiado lejos" y le amenazaban con las serias repercusiones de lo que acababa de hacer.
Sus padres se fueron a la cocina a hablar en silencio, allí discutieron largo rato acerca de un nuevo planteamiento con Rafael y sus aficiones y comportamiento.
Su madre mencionaba algo sobre un terapeuta y de que no se perdía nada por mandar a Rafa una tarde con él cuando escucharon un "Papá, Mamá, venid, por favor" proveniente del cuarto del niño. La voz sonaba normal, demasiado para lo que había pasado, los padres se miraron algo extrañados y sin decir más fueron a ver.
La luz del cuarto estaba apagada, pero un resplandor intermitente salía de la sala de estar e iluminaba el pasillo. Al mirar al interior del cuarto se quedaron petrificados ante lo que estaban viendo. Rafael miraba la televisión sentado tranquilamente, en la tele se podía ver a He-man montado sobre un tigre de color verde y rayas amarillas.
Sin decir nada se giró y les regaló a sus padres una sonrisa traviesa de oreja a oreja en la que destacaba el espacio vacío de uno de los dos dientes frontales que se le había caído la semana anterior, coincidiendo con su décimo cumpleaños.
Aquel día se sintió completo y feliz, podía entenderlo todo acerca del funcionamiento de un sistema eléctrico complejo y se sintió calmado por primera vez.
Pero aquello no duró mucho tiempo.

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Juanjonusky dijo
¡Me ha gustado mucho el planteamiento! Aunque me ha sabido a poco. Pensé que lo ibas a desarrollar un poco más, o incluso que iba a ser una saga.
Aunque mejor me callo, que tengo a medias una novela con un personaje parecido, y luego eres capaz de hacerlo mejor que yo y dejarme en ridiculusky :P
7 Febrero 2009 | 10:28 AM