Sueños...(Parte IV)
Día uno de enero del 2006, ¿cómo se puede empezar un año peor?. La peor ruptura de una pareja es la que se produce en tu mente, bastante antes de que llegues a hablar con ella, ese momento en el que sabes que se ha terminado, intentas sintonizar mentalmente con esa persona que ha sido durante mucho tiempo tu gemelo y no hay nadie en casa. Ese momento, minúsculo en el que esa persona se convierte en una perfecta extraña.
La nochevieja había sido descafeinada, mis amigos se habían ido ya a dormir y yo estaba con la llave en la cerradura cuando me di cuenta de que no podía meterme aún entre cuatro paredes, necesitaba caminar un poco.
Helado de frío, mirando el horizonte nocturno, dejé que la más descorazonadora soledad, decepción y vacío me fueran tragando, era como cuando sientes ganas de vomitar, quieres ignorarlo, cambias de postura, intentas dormirte, pero sabes que tienes que levantarte, ir al vater, arrodillarte y dejar que la nausea explotara.
Absolutamente todo en lo que creía, lo que amaba, donde residía todo el sosiego y las raíces que me sujetaban al mundo se desmoronaba aplastándome de una forma tan brutal que podía sentirlo físicamente, y su epicentro estaba en mi estómago, en el que se había instalado un agujero negro que quería absorverlo todo, intentaba sujetar mis órganos con las manos, la sangre corriendo como loca por mis venas, intentando escapar del dolor creciente, intentando escapar de esa fábrica de dolor en que se había convertido mi cuerpo.
Silencio, nunca antes había tenido una consciencia tan limpia sobre el, no era un silencio dramático, ni triste, ni misterioso, era un silencio real, crudo y antiguo, un silencio que no admitía la existencia de la emoción porque era anterior a ella, un silencio sin música, sin poesía, sin adornos, sin capas. Aquella cosa monstruosa me mostraba su verdadera cara por primera vez, y entendí que nunca antes en mi vida había carecido de la fuerza que me hacía ser capaz de ponerle una máscara amigable o cuanto menos humana. Su inmisericordia me golpeaba, tan real, tan nuevo para mí que podría decirse que mis oídos lo captaban por primera vez.
Quiero desaparecer, desintegrarme en miles de partículas, pero mis músculos y mis huesos son una cárcel de la que no puedo huir, haciendo de cada segundo un mundo interminable de consciencia.
Me sentí ridículo, 29 años se me antojan demasiados para advertir por primera vez cómo es el mundo en realidad. El cuento de hadas terminó y entendí que cualquier otro punto de vista, cualquier otra concepción del mundo que llegara a tener en un futuro estaría construída sobre el conocimiento de que ese silencio monstruoso está siempre en la capa más baja de nuestra consciencia, esperando.
Aquellos momentos de dolor mataron gran parte del niño que había sido. El trabajo de conocer aquella verdad de la que los padres intentan alejarte con todo su ser y de construir sobre ella en el futuro, sería el trabajo que tendría que hacer otra persona diferente a la que había sido hasta ese punto, una persona que nacería con el amanecer que ya iluminaba el horizonte, mientras que la otra se quedaría allí, en ese descampado frío y muerto para siempre.
Había terminado una relación con una chica a la que quería mucho, por entender nuestro final digamos que éramos como conductores que viajaron por la misma carretera felices durante un tiempo hasta que llegaron a una rotonda, de esa rotonda ella salió en dirección a su destino por una autovía autovía mientras yo daba vueltas y vueltas por la rotonda, leyendo los distintos carteles de las salidas e intentando decidirme por uno.
Antes de dejarlo jugamos al juego de respetar al otro, de mostrarnos apoyo mutuo y no presionarnos ni pedir imposibles, lo que en términos prácticos significaba que ella trataba de no presionarme ante mi incapacidad para tirar hacia adelante y convertirme en un hombre de provecho. Al final, obviamente, la realidad se mueve a otro ritmo que las mejores intenciones, y su movimiento rectilineo terminó por marcar su distancia del circular. La distancia se fue haciendo más y más grande hasta que un día tuvimos una conversación, en aquella conversación tuve la sensación de estar hablando con una extraña, con una persona que había pasado a otra dimensión a la que yo ni estaba invitado ni capacitado para entrar.
Todo habría sido más o menos sencillo para mí si no hubiera sido por una pequeña cuestión, yo la quería, y la quería mucho. Es terrible cuando sabes que no puedes dar aquello que la persona que más quieres necesita.
Por más que intenté encontrar motivos para odiarla, para sentirme abandonado y traicionado, sabía que esa era la salida fácil para evitar afrontar la auténtica naturaleza de la situación: yo no había estado a la altura, ni a la suya ni a la mía. No sabía quien era, era un niño haciéndose grandes preguntas, no sabía lo que quería hacer con mi vida, ni qué dirección tomar, y cuando no tienes identidad no tienes a nadie que ofrecer a esa persona con la que se supone que lo quieres compartir todo.
Lloré, callé, sufrí, rabié, adelgacé, morí cada segundo de los siguientes meses...todo el pack de la mierda habitual. Pero yo era consciente de la razón de nuestra ruptura, no compré una justificación barata que me consolara, éramos ella y yo contra mí, y mí sólo sentía dolor, mí tragaba mierda por un embudo, mí se estaba muriendo.
Mientras los pedazos de ese niño se desprendían y caían hechos ceniza al suelo, el sol ya lanzaba sus rayos, y aunque hacía un frío terrible, noté un lijero picor en la punta de la nariz.. Me sentía algo enfermo, el alcohol de la noche hacía que mi cabeza latiera de dolor, pero casi ni lo notaba.
¿Cómo se plantea uno empezar a moverse cuando no encuentra razones ni para respirar?. Viéndolo ahora en la distancia, me sorprende la claridad con la que aquel pensamiento surgió teniendo en cuenta el barullo que tenía. Fue como las primeras palabras escritas a lápiz en un cuaderno nuevo. "Utiliza este año". Eran las palabras de alguien calmado, como Evey al salir de la cárcel en la que "V" le había encerrado, el marcador estaba a cero y esa frase marcaba el primer paso.
Ya con el sol bien alto di media vuelta y recorrí los metros que me separaban de casa, subí las escaleras, entré en mi cuarto, colgué mi chaqueta sobre la silla, me metí en la cama y dormí muchas horas antes de despertarme de lleno en el año más jodidamente raro e importante de mi vida.
Como estudiante de bellas artes siempre supe que a pesar de mi enferma pasión por todo aquello seguramente sería algo de lo que no podría vivir en un futuro, aquello directamente me situaba en un espectro muy distinto al de la gente de mi alrededor en el que todo el mundo tenía sus trabajos, sus profesiones y su devenir normal de acontecimientos, mientras, yo miraba el cielo y veía acercarse nubes poco alagüeñas.
Por otro lado estaba atrapado bajo el yugo de mis padres, que aunque no eran ni de lejos unos negreros, no podían evitar marcar el qué y el cómo de mi vida y yo, como una ratita en un laberinto, luchaba por encontrar la salida. Nunca me había faltado de nada, y la cálida comodidad de mi vida me había extirpado todo tipo de instinto, herramienta o capacidad de afrontamiento del mundo exterior.
Las cosas no pintaban muy bien, seguía sin saber como "Usar ese año", estaba demasiado mayor para soportarme a mí mismo haciendo un cursito de "administración y dirección de empresas", demasiado mayor para fantasear con llegar a convertirme en el yerno perfecto, así que empecé a pensar que debía hacer algo urgentemente, pero algo que saliera de forma natural de mí.
Había estado con ella siete años, así que cuando lo dejamos me encontré sólo por primera vez desde que tenía uso de razón. Es curioso como ante esta situación, el dolor me venía en formas inesperadas, el teléfono, cuyo silencio te rechina en los oídos con el álito putrefacto del silencio, el hueco vacío de la cama, que me hacía tan consciente de mí mismo en mi soledad que me hacía sentir incómodo de compartirla con un tío, aunque fuera yo, cama que, además, me deleitaba con sueños terribles en los que me veía obligado cada noche a bajar a los pozos oscuros de mi mente que se había transformado en una fábrica de malos sentimientos de pérdida, fracaso y añoranza.
Incluso mi nombre, el mismo que tan orgullosamente había llevado desde siempre, por primera vez en mi vida me hacía daño, ya no lo sentía como mío, era como un traje grande para un niño pequeño, me pesaba, el León domado, como aquellos de ojeras moradas y cara triste que había visto en el circo de Angel Cristo cuando era pequeño.
Pero sobre todo acusé la terrible pérdida de ese círculo de complicidad único que sólo pueden desarrollar personas que se aman y se hacen el amor, esa guardia baja donde de verdad hablas, y que, al desparecer, te hace meterte en una concha de hibernación criogénica que te aleja de todo lo que te rodea y te hace vagar por el mundo arrastrando los pies, como viviendo en una nube de diazepán bajo un mar de estrellas de lexatin, sin rumbo fijo. Ahora me resulta tristemente simpática la forma tan terrible en la que viví aquello, sin consciencia alguna de la perspectiva, pero bueno, era la primera vez, la primera vuelta del molino, la que rechina con el óxido de una máquina en desuso.
El principio llegó en forma de email.
Un amigo mío que se había refugiado en Dublín y con el que seguía manteniendo contacto a través de facebook me escribió exigiéndome que me fuera para allá a pasar unos días, que tenía una habitación libre, que me iba a salir barato, que íbamos a fumar más canutos que en toda nuestra vida y que habría alguna Irlandesa cachonda en la que podría enterrar todas mis penas. Me sobrevino una sensación de profunda pereza, no me apetecía en absoluto, pero a esas alturas estaba medianamente entrenado contra el no automático, así que hice mi maleta, se lo comenté a mis padres (a los que había intentado dejar al margen de mis pesares) y esa misma tarde me metí en el metro en dirección al aeropuerto. No podía evitar pensar una y otra vez en lo que me gustaría haberlo podido compartir con ella, lo cual no tenía el más mínimo sentido.
Allí no encontré paz, pero sí encontré otra cosa, "Dudu" era un amigo del barrio que se había retirado a Dublín para salir del espectro de control de sus padres y vivir la vida sencilla que deseaba y que España no podía darle. Con un curro no demasiado matador en una tienda de animales exóicos conseguía el dinero suficiente para el alquiler de un pisito a las afueras de la ciudad. Porros, amigos, Cath (su novia) y pintas de guinnes eran los elementos que su perseguido feng-shui definitivo comprendía. Su carencia total de miras más elevadas le permitieron encontrar la felicidad con no demasiado.
Allí conocí a sus amigos, una ristra de personajes de lo más curioso y dispar, exóticos a mis ojos, completamente marcianos para mí. Estábamos todos en una taberna céntrica rechupeteando cervezas cuando me desconecté de la conversación y comencé a observar a aquella gente, todos ellos eran los dueños únicos y últimos de sus vidas, completos, autosuficientes, dueños de sus nombres, reales. Cada gesto que hacían era un gesto libre, cada decisión el puro símbolo de su voluntad, aquella gente eran personas que ponían el aire que respiraban. Apuré mi cuarta pinta de guinness pensando que en dos días tendría me volver a los brazos de mis padres.
De camino al aeropuerto iba mirando por la ventana del taxi y mi mente era una hormigonera de ideas sin forma revueltas por la necesidad de mis tripas que no podían concevir volver a casa con las manos vacías, sin moraleja, sencillamente no podía. Pero no fue hasta que estuve en la ventanilla ante aquella Irlandesa con cara de palo, esperando a que le dijera mi destino deseado, que no salió algo parecido a una decisión en forma de nombre de ciudad.
-Milán, por favor.
¿Por qué Milan?, por una película que había visto y que me había gustado. No era la mejor razón del mundo, pero era la que necesitaba. ¿Conocía a alguien allí?, no. ¿Estaba asustado? como Pamela Anderson en una convención de violadores.
Tenía algo más de setecientos euros y pensé que en Italia los precios no estarían muy diferentes que en España, por otro lado pensé que el clima de Dublín me deprimiría rápido y que quería algo mediterraneo. Mi idea era ir y volverme en cuanto me quedara sin dinero una vez le hubiera sacado el máximo rendimiento, aunque tuviera que volverme con una mano delante y otra detrás a las faldas de mi madre.
Una vez allí encontrar un piso de alquiler no fue caro ni dificil, afortunadamente el español y el italiano son parecidos y dos personas que se quieren comunicar lo pueden hacer con facilidad.
Aliviado, una vez arreglado el tema de la casa decidí que había que empezar a hacer algo productivo, asi que pillé mi cámara de fotos y mi cuadernillo y me dediqué a conocerme el lugar y a entender un poco dónde estaba antes de nada. Empecé por lo más despreciablemente turista, la catedral de Milán, La plaza del Duomo, y las pinacotecas, en especial la de Brera, donde pude ver como mi mandíbula tocaba el suelo al ver por fín en vivo obras que había estudiado y admirado desde el calentito de la facultad. Pude tener a distancia de escupitajo obras de Rafaél, El Greco o Tintoretto.
Recuerdo que fue en el centro histórico, estaba sentado en un parque en una plaza escondida, me había comido un bocadillo de jamón y una cocacola, estaba tumbado tranquilamente mirando el cielo, el sol de la tarde me calentaba la cara, tan sólo oía el sonido de los pájaros en la plaza vacía y un murmullo lejano. Me vi ahí, lejos de casa, sin nadie cerca, sin nadie esperándome en ningún sitio, fuera del radar de nadie que hubiera conocido nunca, sin más voluntad imperante que la mía, y me sentí muy feliz, profundamente feliz. Respiré más hondo de lo que lo había hecho en mi puñetera vida. Aquello hizo posible todo lo demás.
No estuve en Milán un mes, estuve tres. Encontré curro de camarero en un restaurante español del centro, mi jefe era un Italiano de madre Malagueña que le había inculcado la cocina española a su hijo y que se jactaba de hacer mejores paellas que las valencianas. El trabajo me dejaba tiempo de sobra para visitar lugares, para leer y para empaparme de aquella nueva realidad extraña. Me sentía muy extraño, las noches eran un poco duras, sin nadie con quien hablar, solo en mi pequeño apartamento, todo era nuevo, el hecho simple de ir a la compra y comprar sólo cosas para mí sobre las que nadie opinaba me resultaba extraño, sobreactuado, era como si estuviera interpretando a otra persona en una vida que no era la mía. Pero poco a poco esa sensación se fue diluyendo en una especie de serenidad silenciosa, desconocida por mí. El sol, las tardes de domingo, los paseos, los cafés en la terraza que daba a la basílica de San Lorenzo.
Cuando me vi con un dinerito ahorrado y decidí que ya había absorvido toda la experiencia posible de Milán noté que me estaba acomodando a aquella vida tranquila y controlada, que poco a poco iba perdiendo la capacidad de impresión y que me estaba mimetizando con el entorno, decidí marcharme.
Me acordé de Wagner y cómo el billete salía casi gratis, decidí invadir Polonia. Cambio de clima, cambio de mundo, fue una cagada, aquello fue demasiado duro por culpa del idioma, estuve poco más de dos semanas en Varsovia, la ciudad era preciosa, pero aquello era un poco deprimente.
Tras una semana no había conseguido aún nada estable para alquilar, una semana más tarde, tras pasar un par de noches agradables en compañía de un grupo de catalanes hospeados en el mismo hostal que yo y tras corroborar que Varsovia era demasiado tranquila para mí, cogí el tren hacia Alemania con ellos. Calculaba que con el inglés me apañaría lo suficiente como para subsistir allí.
Alemania daría para una historia aparte, los catalanes regresaron a España, pero no sin antes presentarme a un par de amigos suyos que habían estado en España de vacaciones en barcelona el año anterior y que me alquilaron un cuartito libre en su piso.
Alemania fue una de las mejores experiencias de mi vida, en especial los dos meses que pasé posteriormente en Frankfurt en compañía de una chica Finlandesa llamada Maija que estudiaba allí y que conocí en una fiesta de estudiantes a la que me colé haciéndome el despistado. Jamás había visto semejantes ojos en ser humano alguno, de un azúl imposible y una piel blanca y suave sólo posible en una muñeca. Fue la primera vez que estuve con alguien sabiendo que aquello no iba a durar mucho, Maija tenía novio en Finlandia y tan sólo estaba disfrutando de un paréntesis, un paréntesis en el que yo pude entrar un ratito. Fue muy extraño sentir deseo por alguien pero no estar enamorado, no ponerle ese cerco automático de trascendencia al asunto. Me hizo sentir bien, me ayudó a colocar cosas y a creerme capaz de colocarlas, aparte disfruté de un sexo que ya me iba haciendo falta, los tres meses en Milán fueron lamentables a ese respecto, no se puede tener todo.
Berlín, Frankfurt, Liverpool, Manchester, París, Edimburgo... pasé dos años dando vueltas por Europa, trenes, aviones, autobuses... la infinidad de cosas que me pasaron daría para escribir un libro, pero lo importante es decir que a cada paso que daba, cada persona que conocía, cada cama en la que dormía, cada país que conocía, cada comída que descubría, cada persona que besaba o con la que me reía, cada decisión que tomaba, cada trabajo, si hacía calor o frío, cada ropa que me compraba, cada capacidad que desarrollaba, me acercaban más y más a una realidad cada vez mas conocida, más amigable y con la que empezaba a sentirme más agusto que nunca.
Una realidad con un nombre.
-León.
La voz suave de Carl me sacó de mi ensimismamiento y volvía estar sobre la superficie de mi cerveza roja, sentado en el único pub que quedaba abierto en todo el paseo del canal de Sortedams, quizá en todo Copenhage. Fuera del local llovía.
-Dime, perdona.
-¿Cómo se te ocurrió la idea de las figuras y esto del fuego?
-De un tío que conocí en Paris el año pasado. Este tío tiene un café al que va todos los miércoles, es una especie de gurú, chamán, muchas cosas. Además es escritor, poeta, mago, mogollón de cosas. Un amigo mío ya me había hablado de él en España, es muy seguidor suyo, y un día me topé con una foto suya en el cristal de un café, pregunté y me dijeron que iba todos los miércoles, asi que volví al día siguiente y le conocí. Yo iba un poco acojonado, pero el fulano resultó ser un tipo muy sano, muy normal, con mucho sentido del humor. Yo me esperaba al típico tío carismático de voz profunda y me encontré a este individuo pequeño y sonriente que parecía disfrutar más que cualquiera de allí, pero disfrutando como un niño pequeño, y me gustó eso. La mecánica del rollo que propone es que tú le presentas una situación, un problema, lo que sea que tengas y quieras solucionar, y él, escuchando e interpretando lo que le presentas, crea una ceremonía con mogollón de simbología personal para tí y digamos que a través de una acción tuya, de una acción activa, rompes o despejas ese problema o angustia y sigues con tu vida.
-Ahá, por eso querías que ensendiera yo las figuras.
-Eso es, tenías que ser tú, tú eres el que necesitas olvidar a Lucía y seguir adelante, no puedes vivir atrancado en el hecho de que te...bueno, de lo que pasó. Tu eres la figura que queda, el resto es lo que se ha llevado ella, lo que has hecho es acabar con esa parte de tí que está enganchada a ella.
-Sí, eso lo había entendido. Y me siento bien, estoy jodido, pero me parece que ya no es lo mismo.
-Ojalá que no.
Bebí un trago de cerveza y me comí un altramuz rancio, estaba asqueroso lo envolví en una servilleta.
-¿Y tú qué le presentaste a este tío, qué problema?.
-¿Cómo?
-En el café de Paris, ¿qué le contaste?
-Pues bueno. Le conté un poco acerca de mí, le dije que llevaba el peso de tener que crearme una identidad, de querer ser una persona completa, y de cómo eso me pesaba y me había obsesionado durante mucho tiempo. Le conté lo de mis viajes, y me dijo que eso mismo ya era una fuerte psicomagia.
-¿Psicomagia?.
-Sí, así es como se llama esta disciplina suya. Pero me dijo que se podía hacer algo más concreto, más sencillo y efectivo. ¿Sabes lo que hizo?.
-¿Qué?.
-Me hizo escribir los datos de mi DNI, mi nombre, mi sexo, mi raza, mi edad, el nombre de mis padres, de mi ex novia, el lugar de mi nacimiento y todo aquello que creyera que me identifica, mi color favorito por ejemplo. Recuerdo que me pidió que escribiera algún recuerdo importante también.
-¿Para qué?.
-Pues bueno, cuando terminé le di la hoja de papel con todo eso en una cara y en la otra me dijo que escribiera mi nombre en grande. Luego, y esto me dejó helado, cogió el papel y lo fue doblando poco a poco hasta convertirlo en un León de papel, con sus cuatro patas, su cola, su boca...estaba de puta madre hecho. Puso el leoncito sobre un plato y me puso un mechero en la mano mientras sonreía.
-Joder, que bueno.
-Pues si.
Bebimos un par de cervezas más y seguimos charlando un rato. Carl parecía animado de verdad, aquello me hizo sentir bien.
-¿Qué querías contarme?.
Casi había olvidado que le había llevado allí por una razón.
-Hace unos días le envié un mensaje a mi ex novia.
-No me jodas. ¿Por qué?.
-Hombre, hace dos años que no sé nada de ella. Me apetecía retomar un poco el contacto con mi mundo de España, además ese capítulo aún sigue abierto, ya lo sabes.
-No es buena idea, eso es pasado, has vivido muchas cosas ya, no deberías seguir pensando en eso.¿Te ha contestado?.
-No.
-Joder...
-Ya. Bueno, es normal, ¿no?.
-Supongo.
Empecé otra cerveza..
-Bueno, como ya te he contado, cuando me fui de España hace dos años necesitaba perderme en lo desconocido, tener que valerme por mi mismo, conocerme a mí mismo, esas cosas. Salir de la cuna, alejarme de la protección de mis padres y saber quien era yo más allá del rol de hijo, hermano, amigo o novio. Y hoy, ahora mismo, aquí sentado, me siento tranquilo, en paz y en calma por primera vez desde...bueno, desde nunca. Ya no siento mi alma en otra parte, no tengo ganas de estar en otra parte, estoy tranquilo y consciente de mis virtudes, de mis defectos, pero sobretodo en contacto con mis capacidades.
Viajar ha sido para mí una forma de correr, porque lo necesitaba, con mucha fuerza. Ahora los sueños aquellos que tenía han desaparecido, ya conozco lo que hay más allá de los límites de mi pecera, ya no voy a vivir una vida en la que siempre esté llevando la mirada al horizonte y preguntándome que hay en él, porque llevo dos años corriendo sobre el horizonte. Y he sentido miedo, pero no me he muerto, he cambiado a un nivel que no creía posible y he descubierto curiosamente que sigo siendo yo. Y ya no voy a estar jodido, no voy a ir por la vida sintiendo que lo lejano podría ser mejor que lo que tengo en el lugar donde estoy. Estoy calmado, respiro sin peso en los pulmones.
Y por eso, a partir de aquí, a partir de esta noche, si sigo viajando ya no será correr, Carl, estaré huyendo. Lo que quiero decirte es que me vuelvo a Madrid.

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el chache dijo
Es acojonante como empiezan a tomar forma todas las piezas.
Me gusta esto de los sueños.
Un saludete
3 Enero 2009 | 12:48 PM