El número 47
Cuando apuraba aquel ducados, lo lanzaba al suelo y lo machacaba con la punta de su zapato de tacón, nunca se había sentido más desesperada en su vida.
Allí, delante del número cuarentaisiete de aquel bloque de apartamentos todo le vino de golpe, el zumo exprimido de todo aquello, que le quemaba el alma según lo tragaba.
Se preguntaba si sería capaz de no llamar esta vez, de no volver a llamar jamás, se imaginó no haciéndolo, caminando descalza sobre las brasas hacia el portal, haciéndo lo contrario de lo que su estómago y su corazón le gritaban, y sintió una punzada en la boca del estómago seguida de nauseas al imaginarse más allá del portal.
Tras esa puerta estaba él, el rey de la ciudad, alto y endiabladamente guapo, con aquel aura irresistible que sólo los músicos poseen, el mismo que había condenado su vida sin remisión el día en que se le acercó en aquel bar de color rojo lleno de fotos de músicos y le dijo al oído algo así como "Me recuerdas a Patti Smith".
Luego todo aquello, aquel mundo con el que ella había soñado siempre, conciertos, amigos interesantes, hasta había cantado un par de veces con un grupo. Con él se sentía bien, por primera vez se sentía exactamente en el lugar en el que estaba, tranquila, se sentía ella, se sentía interesante, femenina, sentía que se había puesto la ciudad como chaqueta y que le sentaba de maravilla. Y todo se lo había dado él.
Ahora se sentía ridícula, recordando aquello, recordando como eran las cosas al principio y como las sentía, se miraba y se daba asco, con su carmín caro, sus ojos pintados de negro (tal y como él le había dicho que mejor le quedaba). Sus zapatos favoritos ahora le hacían parecer mayor, le hacían sentir como una niña usando la ropa de su madre, jugando a ser mujer por la peor razón imaginable: un niño disfrazado de hombre.
Había perdido tres años de su vida y toneladas de ilusión yendo detrás de un estúpido inmaduro y egoísta que no la había incluído en ningún plan. Ella era el comodín, la oreja, la voz, la caricia, las tetas y la compañía siempre disponible cuando todo lo demás se desmoronaba. Ella había perseguido la idea de que tarde o temprano él entendería por qué siempre estaba allí para recoger sus pedazos, y lo que aquello valía...pero eso nunca llegó a suceder, ella nunca dejó de ser la mascota, la muñeca hinchable, la galleta de autoestima, la calienta camas, la rellena espacios, la máquina expendedora de halagos sinceros, la mayor idiota del mundo, el ser más pequeño y absurdo del universo. Se sentía estúpida como sólo los que se dan cuenta demasiado tarde de que se han enamorado de la persona equivocada pueden llegar a sentirse.
Ahora las ideas, esas frases como titulares de periódico, era lo único que tenía en la cabeza durante todo el día y le golpeaban como puños de vergüenza.
A sus treinta años era demasiado mayor para tolerarlo y demasiado joven para que no estar destrozada. Ya no tenía deciocho, no podía seguir creyendo que todo iba a salir bien siempre, ya no podría volver a ese estado, no podía volver a cero y lo sabía, se había dejado la piel en el camino y ahora no tenía palabras de consuelo ni le valían las de los demás, se sentía más sola de lo que se había sentido jamás en su vida, hasta su nombre se le cayó al suelo, ahora estaba sola de verdad, sola de verdad.
Tenía 30 años y seguía imaginando su sentido común como un señor mayor y aburrido que no la entendía y que no tenía nada que ver con ella.
Se imaginó saliendo de aquel círculo en el que él (o ella misma) le había metido, ese círculo en el que se sentía a la vez una princesa y una imbécil, en un juego retroalimentado que desgastaba más que la peor droga imaginable. Imaginaba la soledad de tener que volver a tener que salir con sus compañeras de la facultad, que le hacían sentir aburrida, vieja y determinada. Se imaginaba una vida sin conciertos, sin olor a cerveza, sin aquel carnaval constante de extraños personajes coloridos dedicados a todas aquellas locuras que a le parecían geniales. Se imaginaba toneladas de mediocridad esperándola más allá del portal, allí, encerrada en los cinco metros entre la puerta cuarentaisiete y la salida.
Se imaginaba no volver a recibir una llamada suya, no volver a componer canciones sentados en un banco del centro a las tantas de la madrugada, no volver a entrar en un local de su mano sintiéndose la mujer más feliz y completa del mundo, sintiendo que se había zafado del mordisco mediocre, rutinario y descolorido de la vida normal.
Mientras le caían dos lágrimas negras por las mejillas le dio una primera calada a un nuevo cigarrillo. Con la mano temblorosa, allí parada en mitad del pasillo, podía oir una canción de "Los Ramones" al otro lado que él estaba acompañando con el sonido de "Morry", su guitarra eléctrica. Estaba a sólo unos metros, si no hubiera puerta (o si la abriera) la estaría viendo ahora mismo, con su nueva chaqueta de cuero, llorando silenciosamente. Era una poderosa imagen, quizá él lo entendiera todo entonces si la veía así, quizá si viera su dolor esta vez sería distinto, quizá entonces la quisiera de verdad, como ella quería ser querida.
Tan sólo tenía que llamar a la puerta.
































Cata dijo
También hubiera podido terminar:
Tan solo tenía que no llamar a la puerta.
Y es que... a lo mejor esa aparente mediocridad que toda esa intensidad en la que de alguna manera siente que sobra... pero que miedo da ELEGIR.
Ese es el problema no saber, o saber y no querer ver.
Que jodidamente bien escribes Gonzi!
8 Diciembre 2008 | 04:41 PM