Cartas
Miguel tenía una novia llamada Rosa, ella lo era todo para él, la quiso con una locura infinita durante los 6 años que estuvieron juntos. Miguel sabía que ella era la mujer de su vida, y no era la típica inocencia del chaval cegado por la pasión del primer noviazgo, sabía que estaba con esa persona con la que uno se cruza una sola vez en la vida, esa persona que tiene la cualidad casi imposible de hacerle sentir completo, acompañado y mejor.
Ella sentía lo mismo por él, pero ella, que "tenía los pies en la tierra" pensaba que las cosas no duran para siempre y que había que aceptar la vida "tal como es", que era infantil aferrarse tanto. Miguel le dijo que lo que sentía por ella era diferente y que la iba a querer siempre, aunque la vida los separara y aunque conocieran a otras personas.
Era una edad en la que los cambios son bruscos y en la que las diferencias de perspectivas y de "momentos" podían arruinarlo todo en una pareja joven, entre personas que tenían toda la vida por delante y que no tenían un momento para tomarse un momento. Así que, un día, con un abrazo sincero y no pocas lágrimas, se despidieron para siempre.
Miguel estuvo muy mal unos meses, mal otros tantos, en el limbo alguno que otro, pero al cabo de un tiempo rehizo su vida, empezó a salir, a divertirse, a sonreir, incluso conoció a otras chicas, incluso llegó a enamorarse, pero a medida que pasaba el tiempo y muy al contrario de lo que los buenos amigos le habían vaticinado, nunca volvió a sentir lo mismo por nadie, ni siquiera por la persona que se convirtió en su mujer y madre de sus 3 hijos. Miguel, al poco de terminar con Rosa, decidió que mientras sintiera aquello, le enviaría una carta y una flor a Rosa cada año por su cumpleaños.
Rosa no quería alimentar falsas esperanzas y pensaba que lo mejor era ser práctica, seguir camino y no echar la vista atrás a historias terminadas, así que no contestó las cartas.
Aquellas cartas fueron motivo, año tras año, de distintas reacciones, algunas acabaron en la basura, otras ni fueron abiertas, pero Rosa siempre encontraba una sensación apenas consciente, pequeña, y placentera al recibirlas. Siempre pensaba que ese año no llegaría, pero siempre sentía un cálido alivio al equivocarse, incluso aquellas veces en las que, por miedo a que su pareja descubriera el "secreto" las había arrojado a la basura sin siquiera haberlas leído, pero no le hacía falta leerlas, siempre decían lo mismo: "Sigo creyendo en lo que te dije, Feliz cumpleaños. Miguel".
Ella nunca respondió por distintos motivos a lo largo de los años, pero la flor y la carta le llegaron religiosamente allá donde estuviera. Aquella carta fue durante unos años para Rosa una irritable muestra de debilidad, un símbolo de su incapacidad para seguir adelante, incluso pensó en contestarle para exigirle que se detuviera, aunque siempre encontraba una excusa para no hacerla, obviamente Rosa no podía decirse a sí misma que aquella carta le hacía sentir acompañada, deseada y querida. De una forma segura, sin fisuras ni condiciones. Sin importar si ese año estaba más gorda, o más fea, o más vieja, o más triste.
Hubo años en los que quiso contestar, pero siempre pensaba que aquello acabaría irremediablemente en una decepción y en el final de aquellas cartas, y siempre lo postergaba al año siguiente. Rosa fue recopilando una buena lista de relaciones, algunas largas, pero al final nada acababa de cuajar, a todas sus rupturas les eschaba toneladas de razonamientos para justificar su fracaso, y siempre encontraba alguno a medida, incluso para justificar por qué su matrimonio no era todo lo pleno que hacía parecer a los demás.
Y postergando pasaron los años.
Rosa, (ya una mujer entrada en años), esperaba su carta y su flor de cumpleaños como cada año. Estaba sola en su casa, sus hijos hacía tiempo que se habían marchado de casa, su marido había muerto hacía ya dos años. La carta llegó con su flor, como siempre, y esa sensación de vieja familiaridad y de consuelo volvieron a llenarla. Pero esta vez, ante aquella casa vacía y ese silencio mortal, Rosa ,al no encontrar ningún razonamiento válido para la ocasión, buscó la dirección de Miguel y decidió presentarse en su casa.
Al llegar a su puerta notaba el pulso acelerado, no sabía muy bien qué iba a hacer ni como reaccionaría al verle, o cómo reaccionaría él, ni siquiera sabía si le reconocería, habían pasado muchos años. Además se sentía avergonzada por no haberse puesto en contacto con él a pesar de todo, muchas ídeas se le cruzaban por la mente, quizá Miguel le cerraría la puerta en las narices, quizá se mostraría indiferente, quizá todo lo contrario...y todo le daba un miedo atroz. Pero lo que no esperaba era que le abriera la puerta un joven de unos treinta años, viva imagen del Miguel que ella había conocido, como si no hubiera pasado el tiempo, su pulso se aceleró:
-Buenos días, quería preguntar por Miguel, por favor.
-Sí, soy yo.
-Bueno (esbozando una sonrisa), imagino que debe de ser tu padre entonces. (al chico se le enfrió la expresión y clavó su mirada en Rosa).
-¿Qué quiere de mi padre?
-Pues bueno, es un poco complicado, la verdad es que me gustaría hablarlo con él en persona, si no es molestia.
-Me temo que eso no va a ser posible. Mi padre falleció hace dos semanas.































perh dijo
Que bueno ,nene...
18 Octubre 2008 | 05:22 PM