Top Spin

Agosto de 1991, salida de compañeros de quinto curso al parque de atracciones.
Siempre he sido un poco cagao con las cosas que dan vueltas, no sólo el miedo a darme una leche, es el miedo a sufrir, a sentirme enfermo.
El Cóndor, los Siete Picos, el Jet Star, el Catapult...me dan cague todos, aún así me montaba, e incluso finjía que me lo pasaba bien, pero en el fondo todo era presión de grupo, todo era por no aguantar la visión de la chica que me gustaba viéndome ahí plantado, esperando a que todos salieran emocionados de las atracciones, no podía permitirlo, soy un macho y esas cosas.
Aquel día me enfrenté a una nueva atracción, el Top Spin, cuyo color rosa no me engañaba, era una suerte de tortura medieval de 7 metros en la que unas gradas con asientos estaban suspendidos sobre dos pilares que al elevarse levantaban las gradas, las cuales además permitían giros como los de un rollo de papel higiénico cuando tiras de él.
Era como ese juego de palos que usan en Asterix para mantener al jabalí a la altura adecuada del fuego mientras lo cocinaban, pero allí en vez de jabalí había un gilipollas cuya sonrisa nerviosa no podía ocultar el terror que se escapaba de sus ojos mientras se acomodaba en su asiento y se ajustaba los grilletes que impedían escapar.
Mi amigo Israel a mi izquierda, David a la derecha, bromas nerviosas, risas explosivas, picor estomacal creciente hasta que el Top Spin, con una sirena estruendosa, se puso en marcha.
Cuando llevaba cuatro vueltas de campana creía que le había dado la vuelta al marcador del terror y la confusión, sencíllamente no podía entender porqué había pagado porque alguien me hiciera aquello, pero no grité, estaba demasiado aterrorizado para gritar, mi mente intentaba escabullirse con imágenes y escenarios de aquilibrio y seguridad, mi cuerpo, sin expresión, era un filete con ropa que se meneaba según le movían las fuerzas cinéticas.
Entonces llegó el momento clave de la atracción en que te suspenden sobre los 7 metros, inclinan las gradas hacia adelante, de forma que nuestra cara queda alineada directamente al suelo, y solo los grilletes nos impedían caer al vacío. La leche de divertido.....
Creo que me acabo de hacer caca....
Y fue entonces, en ese momento preciso.....cuando todo ocurrió.
Un abejorro de estos gordos y negros me entró en la boca, durante unos segundos que parecieron años, sentí una mezcla de terror y asco, notaba toda su gordura pilosa rebotar contra las paredes de mi boca, mi lengua, mi paladar, mis dientes... sus alitas intentando volar y sus patas moverse, sabía agrio, como hierba, pero más asqueroso.
Intentando sacarme aquella bola viva de las carnosidades de mi boca, y ante el temor de tragarla, empecé a emitir una suerte de esputos y granidos de cuervo con la intención escupir, no tenía suficiente aire en los pulmones para soltarlo con fuerza, inspirar ni se me ocurrió ante la posibilidad de tragarme al bicho, así que empecé a intentar acercarme las manos a la boca, pero los grilletes me lo impedían, me entró el pánico y lo intenté con más fuerza, girando los brazos y estirando el cuello para acercarlo a las manos...sin éxito, pero dando un espectáculo gestual lamentable.
En ese momento Israel se dió cuenta de mis movimientos, y de los extraños sonidos que emitía, sin saber de que iba el rollo, me puso la mano en el hombro y me dijo entre risas, con el pelo cayéndole por la cara debido a la gravedad y con cara roja de un psicópata: "¡¡¡Tranquilo tío, que ya no queda nada!!!"

No sé si el abejorro sobrevivió, más que escupirlo lo conseguí desplazar fuera de mi boca y a pesar de lo pegajoso que estaba por la saliva la gravedad hizo finalmente que cayera, como tenía las alas mojadas se precipitó al vacío y nunca más supe de él. Quizá esto fue mas duro para el abejorro que para mí...
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latumbasinnombre dijo
¡¡DIOS!!... Lo que no te pase a ti.
Por cierto, ¿qué paso al final? ¿Te tragaste el abejorro? ¿Te pico en la boca? ¿Sobrevió a tan traumática experiencia?
19 Junio 2008 | 12:57 PM