La Coctelera

Gonzalo Navas

var _gaq = _gaq || []; _gaq.push(['_setAccount', 'UA-2001386-1']); _gaq.push(['_trackPageview']); (function() { var ga = document.createElement('scr

Categoría: Relatos

29 Noviembre 2010

Blablablá (4)

 

: Yo perdido en el bosque de tus circunstancias.

Mentira: Verdad en términos exóticos.

Oportunidad: Moneda para jugar a la máquina de la posibilidad.

Manía: Disfraz de lo superfluo para sentirse imprescindible.

Comedia: Bombardear de contraste lo cotidiano.

Felicidad: El alma haciendo piececitos con lo perfecto.

Indiferencia: Dos cubitos de odio sordo flotando en un vaso de silencio.

Imaginación: Martillo moldeador de la experiencia sobre el yunque de la personalidad.

Autoengaño: Pagarle a la realidad con dinero del monopoly.

Relación: Partida de Tetris a dobles.

Amistad: Intercambio libre de cromos

Decepción: Realidad 1- Expectativas 0 

Respiración: Pago a plazos por la compra de un presente.

Rencor: Rémoras de reproche en acoso al olvido.

Palabra: Red para capturar conceptos.

Opinión: Prepotencia de la decisión selectiva inconsciente autoproclamándose verdad.

Silencio: Pronunciación perfecta del Idioma universal de la soledad.

Pereza: La velocidad de crucero de un barco con las velas agujereadas.

Secreto: Canción que suena en una habitación sin puertas ni ventanas.

Glamóur: El olor simétrico y estéticamente coherente de una presencia metódicamente asemblada.

Sonrisa: Síntoma orgánico del sí.

Infinito: Final idealizado en la historia de la realidad.

Voluntad: Sordina y parche contra lo superfluo.

Imprescindible: Camino de adoquines sobre el abismo de la nada.

 

servido por Gonzalo Darko 2 comentarios compártelo

28 Agosto 2010

Historias Breves (V)

13- Gabriel se despertó oyendo el sonido de un megáfono, que recitaba una especie de mantra repetitivo que entraba por su ventana desde la calle:

-¡Melones! ¡Melones! ¡Melones gordos! ¡Melones gordos y jugosos! ¡Melones y sandías maduras, dulces y jugosas! ¡Melones, sandías, melocotones, peras, chirimoyas maduras y dulces...!

Gabriel se echó la almohada por encima de la cabeza mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

 

 

14- Manuel decidió dirigirle unas palabras a su guapa esposa durante el banquete de bodas, tomó el micrófono:

-Quiero expresar mi amor y mi gratitud a esa señorita de blanco que está ahí entre vosotros...

Depronto, de entre el gentío, se alza un ser orondo y enrojecido, embutido en una camisa rosa y completamente embebido de tanto embeberse y por cuya frente asomaba una vena gorda y azúl que caía entre dos ojos camaleónicamente estrábicos. Interrumpiendo el discurso de Manuel y con una voz que era como cien perros hablando al unísono, rugió:

-¡Rehhpeto, que ezza zeññorita éh tu muhéin!

Rompiendo el silencio que surgió a continuación, de la nada apareció una mano amiga de uñas pintadas y pulseras de oro, agarró suavemente al hombre por la manga de la camisa y lo arrastró con firmeza de nuevo hacia la anónima y silenciosa masa.

Manuel prosiguió su discurso como si no hubiera pasado nada.

 

 

15- Seis de la tarde, silencio en el coche de la autoescuela. A pesar de haberse mostrado siempre muy dicharachero, su profesor (un hombre que rondaba los sesenta) llevaba sin abrir la boca prácticamente toda la clase (a excepción de un par de instrucciones aleatorias sobre el retrovisor y el uso del embrague). Joaquin le miraba de soslayo de vez en cuando, definitivamente parecía atribulado por grandes pesares, pero como no había confianza para hacer peguntas directas lo dejó estar.

Finalmente, aprovechando el paréntesis de un stop, con una voz lenta y mesiánica y sin apartar la vista del horizonte, el profesor rompió el silencio.

-Las negras, Joaquin, son con diferencia las que mejor joden.

Joaquin introdujo cuello abajo su cabeza dentro de la camisa todo lo que pudo mientras pisaba el acelerador. 

 

 

 

servido por Gonzalo Darko sin comentarios compártelo

24 Agosto 2010

Blablablá (3)

 

 

Ilusión: La creencia en la solidez de la nube mientras caes al vacío hacia ella.

Valentía: Correr desnudo embebido de valores más altos que la vergüenza y encarando riesgos más graves que el ridículo.

Verdad: Mentira pronunciada con la suficiente convicción.

Contradicción: Ruido resultante entre dos sinfonías perfectas interpretadas a la vez.

Reloj: Disfraz que se pone el tiempo para pasear.

Volar: Divorciarse del mundo.

Ansia: Calmar una sed infinita a través de una boca pequeña.

Decepción: Leer "Truco" escrito en el DNI de la magia.

Rencor: Carta de celos a un pedazo de tí que se ha ido con otro.

Fe: Llamar constelación a un grupo de estrellas distantes entre sí.

Torpeza: Ladrillos del castillo de lo inútil.

Cobardía: El nombre del libro que nadie escribió.

Bondad: Pasos de fe que fundamentan el reino imaginario de la justicia.

Infinito: Hebilla que une domingo y lunes.

Capricho: La condena de percibir aleatoriamente enorme lo pequeño.

Recelo: Percibir a priori las espinas antes que los pétalos.

Ambiguo: Una puerta en mitad del desierto con un cartel que pone "salida".

Indecisión: Recibir rojo y verde a la vez en el mismo semáforo.

 

 

 

servido por Gonzalo Darko 2 comentarios compártelo

16 Agosto 2010

Mientras Tanto: A las cuatro de la madrugada (I)

  

1) Algún punto entre Algeciras y Madrid. La luz de la luna refulge sin forma definida detrás de las nubes que la ocultan, iluminando de un tenue color amarillento el oscuro compartimento. El suave traqueteo del tren se ralentiza ostensiblemente por encima de la música de su MP3, Alberto, resignado a no pegar ojo, tumbado en su litera, levanta la vista para observa el paisaje a través de la ventana: un polígono industrial abandonado, comido por la oscuridad, apenas rota por los conos de luz anaranjada que caen de las farolas. Una pequeña ciudad de edificios de cemento gris y ventanas negras. Por entretenerse intenta localizar algún ser vivo, no lo consigue. 

 

El mapa de España le viene a la cabeza e intenta imaginar en qué punto exacto estará en ese momento, se recrea en la sensación extraña de no tener la más mínima idea de dónde podría ser, la idea le crea un pequeño peso en el estómago. Se pregunta por el nombre del pueblo que asoma más allá del polígono, un grupo de casas bajas sin luz en las ventanas de la que despunta el torreón de una iglesia. Es la última persona despierta en el mundo.

Tienta con la mano a la altura de la cintura, localiza el móvil y aprieta un botón. Lo vuelve a dejar en su sitio. El polígono queda atrás, el tren vuelve a recuperar el ritmo de su traqueteo, la luna vuelve a aparecer entre las nubes, la sombra de los árboles le rascan la parte más baja mientras pasan por debajo. Mira al cielo, todas las estrellas sin excepción están allí. Con esa imagen se tumba boca arriba y trata de dormir.

 Finalmente se incorpora e inicia el descenso desde la litera al suelo con cuidado de no hacer ruido. Se pone los pantalones y una camiseta, se guarda el móvil en el bolsillo y a tientas se dirige a la puerta que da al pasillo.

Fuera una serie de luces tenues recorren el pasillo de parte a parte, la vista por la otra parte del tren es menos interesante, sólo árboles negros recortados bajo un cielo estrellado. Camina silencioso por la moqueta verde oscuro hasta llegar al servicio, cierra la puerta tras de sí. Abre el grifo y se echa agua en la cara, se mira al espejo, se pasa la mano por la barba descuidada, con dos dedos se arranca una cana, hace una mueca que deja en relieve un par de ojeras de campeonato. No hay papel, abre la ventana y deja que el aire frío haga su doble trabajo: secarle la cara y despejarle un poco.

De vuelta al compartimento se detiene, mira en sentido contrario y decide que un café es más apetecible que dar vueltas en la cama.

La cafetería está silenciosa, las mesas en penumbra. Tras la barra no hay nadie, pero de la puerta de la  cocina asoma la luz azulada de un televisor.

Alberto se acerca más, se inclina por encima de la barra y llega a ver una pernera de un pantalón azul marino desparramándose desde una silla, y del pantalón asomando un calcetín rojo. Ahora puede distinguir un leve ronquido que se alza por encima del traqueteo del tren.

Alberto duda un segundo, luego fuerza una tos, pero el ronquido no pierde su tempo. Prueba con uno más fuerte. El resultado es el mismo con la salvedad de que el ronquido aumenta sus decibelios.

Mira a un lado y al otro, finalmente salta, apoya un pie en la barra y aterriza del otro lado. Coge una taza, se sirve leche fría, toma un sobre de azúcar y otro de café soluble. Mira a un lado y al otro, localiza un paquete de cucharas de plástico, colgado torpemente de un armario al lado de la puerta de la cocina y se dirige hacia el.  

Alberto comprueba que los ronquidos siguen ahí, toma una cuchara con cuidado de no hacer ruido. Por el rabillo del ojo puede ver el calcetín rojo brillando con la luz de la televisión. Finalmente mira a través de la puerta y puede ver una figura, echada sobre una mesita, con la cabeza entre los brazos, la espalda subiendo acompasamente con cada ronquido. En ese momento suena el pitido de un móvil, los ronquidos cesan y la figura se incorpora bruscamente, dejando a Alberto el tiempo justo para echarse atrás y salir del campo de visión.

De puntillas, se dirige a toda prisa hacia la barra, deja el vaso y los sobres en la barra, salta apoyándose con una mano justo cuando escucha ruidos detrás. Al caer del otro lado, toma el vaso y se agacha, ocultandose bajo la barra para no ser visto. En ese momento se da cuenta de que no tiene el más mínimo sentido haber hecho eso, si le había visto ya sabría que estaba ahí y no tenía sentido ocultarse, si no le había visto lo mejor era incorporarse lo antes posible y disimular. Por alguna razón sigue agachado. Se acerca el vaso a los labios y toma un sorbito de leche fría.

  Del otro lado llega el sonido de un profundo y descuidado bostezo. Luego el de un cajón o algo parecido abriéndose, seguidamente distingue el ruido característico de una lata de refresco siendo abierta, luego líquido pasando por una garganta al ser tragado y finalmente un eructo seco. 

Alberto toma un sorbo de leche por matar el rato mientras espera a escuchar pasos de vuelta a la cocina. Pero sólo escucha otro trago por encima de su cabeza. Decide hacerse el café allí mismo, echa el sobre de café y azúcar en la leche y lo remueve con la cuchara. Toma un sorbo. Está frío y su sabor es anodino. Le sobreviene una risa tonta que tiene que esforzarse por calmar. "Probablemente el botín más miserable de la historia", piensa.

Suena un pitido del otro lado, Alberto lo reconoce como un mensaje de móvil. Silencio. Unos segundos después escucha una voz de chica:

-Carne de perro...- Susurra la voz.

Alberto deja de remover el café y levanta las cejas.

-Te-den-por-culo. Amiguita. Besos.- Vuelve a susurrar la voz, esta vez como dictando un telegrama.

Silencio. Pasan unos minutos. Escucha diversos sonidos sin origen definido del otro lado de la barra. Bebe un sorbo de café, pasea la mirada distraídamente por el lugar y es cuando ve a un hombre de unos cincuenta años, mirándole impertérrito desde el otro lado del cristal de la puerta que separa la cafetería y el vagón de los compartimentos. Alberto, aún en cuclillas, levanta la mano y saluda. El alemán, sin cambiar el gesto, da media vuelta y se pierde entre la penumbra del pasillo. 

Alberto termina el café y lo deja en el suelo, a los pies de la barra.

Pasados unos minutos escucha como la televisión cambia de canal varias veces. Sin pensárselo dos veces comienza a andar en cuclillas hacia la puerta. a medio camino escucha un tosido detrás, Alberto se vuelve para ver a la camarera: es una chica joven en uniforme de azafata, de pelo largo y moreno. Asomando por encima de la barra le mira negando levemente con la cabeza y expresión de incomprensión, las palmas hacia arriba y los hombros levantados.

Alberto se hiergue, carraspea y comienza a hablar fingiendo normalidad:

-Pues un café con leche, por favor.- Tratando de sonar normal mientras se acerca de nuevo a la barra.

-¿Te lo sirvo en un cuenco y te lo pongo en el suelo?-Pregunta la chica con seca ironía.

-En taza mejor, casi. Por favor.-con fingida seriedad-leche caliente, si es posible.-Contesta.

La chica se le queda mirando un segundo con el ceño fruncido. Finalmente se dirige a la máquina de café negando con la cabeza mientras bosteza sin disimulo. Prepara el café, lo asegura a la abrazadera con fuerza, coloca una taza bajo el grifo de café y espera a que empiece a caer mientras se atusa el pelo.

 Alberto puede ver que tiene un piercing en la nariz y unas ojeras que ganarían en cualquier concurso a las suyas.

-Sueñete, ¿eh?- Pregunta Alberto justo cuando la camarera gira la manecilla del calentador de leche y su pregunta se pierde entre su silbido atroz.

Finalmente la camarera cierra la manecilla del calentador, vierte la leche en la taza con el café ya preparado y se lo acerca a Alberto.

-Sueñete, ¿eh?- Pregunta la camarera al reparar en las ojeras de Alberto.

-Yep. Duermo fatal en cualquier sitio que no sea mi cama.-Responde éste mientras remueve el azúcar.

-Ya, me pasa igual.- Dice ella mientras le da otro sorbo a la coca-cola, esta vez sin eructo después.

Alberto sonríe. La camarera percibe algo raro en la sonrisa.

-¿Está siempre tan animado esto?- Pregunta él.

-Sí, durante la semana sí.-Responde ella mientras mira el móvil de soslayo.

Alberto le da un sorbo al café.

-Y cómo va, ¿siempre hacéis la misma línea?-

-No, vamos rotando.-

-¿Siempre de noche?-Pregunta Alberto.

-Yo sí.-

-Yo curré de noche una vez, de vigilante, cuando tenía veinte años. Casi no lo cuento.-

-Eso es cada uno. A mí me va bien.-

Silencio. Ella vuelve a mirar el móvil.

-Oye, por mí no te quedes aquí, me las apaño sólo, toma, te pago el café...-Dice Alberto.

-Deja, deja, con calmiña. Y tú, ¿eres de Madrid?-Pregunta ella.

-Sí. Oye, ¿dónde estamos?-

-A ver...-echando un ojo al reloj-no hemos llegado a Ciudad Real.-

-Ahá.Y tú, ¿eres de Madrid?-

-Barcelona.-Contesta ella justo cuando un nuevo pitido anuncia un nuevo mensaje en su móvil. Agarra el móvil, lee el mensaje y su expresión se vuelve sombría.

-Carne de perro.-Dice Alberto, ausente. Ella le mira sorprendida.

-Te he oído antes...-Explica Alberto.

-¿Se puede saber qué hacías?-Pregunta ella. Alberto niega con la cabeza en sustitución a un "mejor no".

 Silencio. Alberto saca su móvil del bolsillo. Lo mira. Lo vuelve a guardar. Detalle que no le pasa desapercibido a ella.

-¿Oye, y si continuamos la charla sentados, con un café?-pregunta Alberto-¿ahí, por ejemplo?.-Pregunta señalando una mesa en penumbra frente a una ventana. Ella contesta meneando la cabeza lánguidamente arriba y abajo mientras se dirige a la máquina de café. Alberto toma su taza y se dirige a la mesa.

-No sé si te puedes meter en un lio por salir de ahí...-

-Sí, en uno gordo que te cagas...-Dice ella con ironía, arrastrando las palabras.

-Pues ya está. así me explicas qué es eso de"carne de perro".-Añade él.

Pero la frase se ahoga entre los silbidos del calentador de leche.

 

 

(Continúa)

 

 

 

 

 

servido por Gonzalo Darko 5 comentarios compártelo

16 Mayo 2010

Caballero y princesa (2)

 

Nos encontramos de nuevo ante el torreón. El caballero llama tres veces a la puerta y permanece expectante, pero no hay respuesta. Se da una vuelta por los alrededores, queda impresionado por los tonos violáceos del sol tras las nubes del atardecer, tuerce la cabeza ante tanta belleza, el día va llegando a su fín. Duda por un momento, tiene la opción de volver a casa y olvidarse de aquella torre, pero no está en su naturaleza rendirse y olvidar, quizá sea la armadura, quizá sean los votos, pero decide que no es una opción volver a casa de esa manera. Así que decide volver a las puertas y volver a llamar. No hay respuesta.

Mira arriba y ve que a unos veinte metros la ventana por la que antaño escuchara aquella canción que le guiara por el bosque de peligros con una determinación inaudita hacia la lúz que indicaba el camino de caballero.

Da un par de voces llamando. Sin respuesta. Tamborilea en el suelo varias veces con el pie pensando en qué hacer. El sol ya está oculto tras las nubes y la noche está al caer. De su casaca extrae una cuerda con un pequeño ancla en la punta, la hondea varias veces antes de lanzarla con habilidad hacia la ventana. El ancla queda enganchada entre dos bloques de piedra que forman la parte inferior de la ventana. Inicia la subida. Mientras brazada a brazada va ganando terreno se le cruza el paradójico pensamiento de que sus votos y su armadura le infunden tanta fuerza como le lastran. ¿No es acaso la armadura pesada? ¿no son aquellos votos los que le han llevado hasta allí, a pique de romperse la crisma (si no algo peor...) mientras escala un torreón alto y frío en una tarde en que quizá si sus menesteres fueran menos arduos y su determinación menos firme podría haber disfrutado de más lisonjera manera y de paso, refrigerada? pero el premio, el objetivo...le hacen seguir y seguir.

Finalmente, con una compostura de lo más perdida, se alza sobre la ventana abierta, y así le ve ella, con gran sorpresa, pasmo y alguna cosa menos conveniente, recortado a contraluz sobre la imagen del atardecer, alzado en el total de su estatura, jadeante y definitivamente exhausto, mientras recobra el aliento por la subida.

-¡Ah! ¡hola!.-Dice ella, sonriendo sólo con la boca y con los ojos como platos.

-Buenas...tardes...-Dice el caballero sin apenas resuello.

Ella está en bata, de nuevo, con sus zapatillas draconianas de peluche y toda su indumentaria domiciliaria más casual, pero esta vez parece muy apurada al verse así por sorpresa en su propia habitación, sin tiempo siquiera para empolvarse la nariz.

-¿Qué hacéis aquí?-Pregunta la princesa.

-Golpeé la puerta.-

-Lo sé.-

-Llamé a voces.-

-Lo sé.-

-Escalé la ventana finalmente.-

-Podría decirse que no hay muro suficientemente alto para vos...-Apunta la princesa con un tono dificil de determinar.

-Mis votos y mi armadura así lo exigen. Trata usted con un caballero.-Trata de sonar firme el caballero, pero su determinación sonaba notablemente disminuída.

-Lo sé. Por eso intenté atacar a vuestra determinación. Para socavarla-

-Lo sé. Pero no puedo entender porqué. ¿Por qué huis?-

-Hay otro caballero. Mejor, nuevo, perfecto. Que no escala torreones, no entra en mis aposentos, y permanecerá eternamente como un sueño.-

-Oh, Dios...-Dice el caballero apretándose el pecho.

-Lo lamento, intentad no hacer una escena y retiraos silenciosamente. No hubo matrimonio, no os debo nada ya que nada tomé de vos más que lo que me dísteis por voluntad propia, vuestras ilusiones son asunto suyo y no estoy obligada por papel o promesa a condescenderos en lo más mínimo. Adiós.-

-Pero...¿por qué?-Pregunta angustiado e caballero.

-Porque soy una princesa no da, recibe, ensueña, no realiza.-

-¿Pero no soy acaso un caballero? ¿lo que usted quiere, necesita? ¿la consecución de un ensueño?-

-Precísamente a eso me refiero. Cuando un sueño se consigue pierde su cualidad ensoñada, se vuelve con ángulos y texturas concretas, no sospechadas. Se mesura, se pesa, se arruga y el sol ya no le roza de la misma perfecta manera que en los sueños. Y el cuadro pierde lustre y es necesario crear uno nuevo. Es menester de princesa.-

-Pero princesa, ¿no habéis observado que los cuentos terminan siempre cuando el sueño se vuelve realidad?-

-¿A dónde queréis ir a parar?-

-A eso mismo, que los cuentos terminan cuando se realizan, porque son cuentos, mentira, al fín y al cabo. Vivimos en una mentira.- La princesa parece dudar unos instantes poniendo todos los esfuerzos en no mostrarlo.

-Siempre he creído en el "Y vivieron felices..."- Apunta la princesa.

-Yo también, y mirad cómo estamos. Eso son sólo palabras cobardes y vacías al final de un libro, que ocultan basicamente...lo importante.-

-¿Lo importante?-

-Sí, que no hay nada perfecto, que la perfección es como los cuentos, un sueño, apenas una mentira cuando se la traslada a la vida común, la perfección tiene que estar en las personas, en sus valores, no en el cuento, no en los vestidos, no es así como funciona el mundo. Un corazón débil es débil, se puede romper, sí, pero no perderá un solo latido hasta que se recomponga, y por ser valeroso y puro también es a su modo fuerte, ¿comprendéis?-

-¿Queréis decir que una princesa que se levanta legañosa por la mañana no es de lustre, pero a su modo es tan bella que puede partir el corazón de una persona que mira con ojos de belleza?. ¿que en sus días tristes no tiene que morderse la lengua para sonreir o que sus tapices no tienen que ser los de bordado más elaborado para ser válidos o que una mancha en el vestido no es una mancha en su valía?

-Precisamente eso y más.- Responde el caballero.

-Pues no, no lo había pensado.- Responde la princesa orgullosa antes de continuar.

-Nos debemos a nuestros votos y por eso es nuestro deber crear nuevos sueños desde la soledad de nuestros fríos e infranqueables torreones. Torreón que vos acabáis de ver por dentro, ha violado mi espacio y destruído el ensueño provocando mi rechazo, y ahora pesáis, y el sol ya no le da de la misma manera. Y yo tengo un nuevo lienzo que pintar de vos, con el que decorar mi galería, escaleras abajo y recordar un presente que ya fue y no volverá.-

-¿Y es eso vida, milady? es vida esta torre que ahora que veo por dentro descubro oscura, fría y solitaria? ¿es vida cuando usted sabe que como princesa no podrá llenarla de más vida que la suya?-

-Está todo pensado, no será mi caso, porque mi caballero nuevo será perfecto. Pero os contestaré con otra pregunta, ¿es acaso vida tener que cruzar tantos peligros y pesares, tener que enfrentarse a un torreón tan alto y frío, para encontrar a una princesa que no puede permitirse amarle sin rechazarle con igual intensidad?-

-No...definitivamente no.-

-Parece que estamos deacuerdo en algo por primera vez.-

-Exhíguo regocijo el encontrado en los albores de un aparente final. Y complicada maldición la nuestra, mi compañera.-

-¿Maldición?-

-Perseguir. Escalar torres infinitas, perseguir sueños de arena. Usted ve como su caballero se hace arena, y yo soy el caballero que como arena se deshace al ser tocado por un sueño en forma de princesa.-

-Sí...eso es, compañero. Pero la siguiente vez será de verdad, será perfecto.-Afirma la princesa esbozando una sonrisa mientras sus ojos navegan lejos de allí.

-¿Perfecto? Eso es lo malo de todo esto mi señora. Demasiadas perfecciones. Mi armadura aporta una imagen de dureza que no se da de costillas para dentro, donde se oculta un corazón frágil que os quiere, que os necesita. Y siempre es igual, perfectamente imperfecto. Pero veo que los vestidos de princesa no ocultan nada mejor, pues ocultan lo que veo ahora, a una chica, normal de pies a la cabeza, quizá sólo una niña solitaria y ensoñadora, en bata y calcetines, que necesita soñar que un caballero la convierta en una princesa que de vestido para adentro no siente ser. Ninguno de los dos parecemos entender lo que cada vez es más evidente, que ningún caballero ni ninguna princesa puede hacer eso, porque no existe caballero ni princesa que aguante tan alta expectativa sin que se haga añicos en el camino.-

-Si tiene o no razón, mi ex-caballero, es una cosa que no compartiré con usted.- Dice la princesa no sin poder evitar que su mirada tiemble un momento.

-Siento que mi persistencia de caballero haya terminado por entrar en sus aposentos privados, pero no me arrepiento, es lo que tenía que hacer, lo que quería hacer, exactamente el lugar en el que quería estar, y en ningún otro.-Dice el Caballero notablemente decaído.

-Siento que mis exigencias de princesa se lo pusiera tan difícil y que finalmente haya destruído sus razonables expectativas con mi juicio, mis reservas y mis dudas. Una princesa debe ser idolatrada, pero cuando la cotidaneidad entra, el caballero y la princesa dejan de serlo y cuando me miran debajo de la ropa....cambiar está fuera de la cuestión. Pero no me arrepiento de haberle conocido y que lo haya intentado, parte de mí deseaba que lo hiciera, otra no podía permitirlo.-

-Ni yo puedo estar permanentemente alrededor de vuestra fortaleza, pero no olvide que"no se puede siquiera mirar algo sin cambiarlo" dice el alquimista cuántico del sitio donde vengo. "El secreto está en que el cambio sea bueno, bienintencionado."-

-Si me cambian quizá deje de ser una princesa, de ser yo.-

-Y ante ese miedo, que fundamenta lo que significa compartir la vida con alguien, de alguna forma, jamás dejaréis de estar sola, porque no olvide jamás, que ni usted es una princesa ni yo un caballero, sino dos personas con ropajes que les hacen más mal que bien .-

-Y ante ese anhelo sin fín vuestro y su ansia por perseguir lo imperseguible, idealizando, sufrirá por ello y jamás verá colmado su corazón. Parece que su suerte no será diferente, caballero.-

-Mi corazón me exige perseguir algo que huye, el vuestro huir de lo que más quiere cuando le busca.-

-De un lado el anhelo de un sueño siempre distante, del otro un abrazo de hierro inflexible.-

-De un lado el anhelo sin descanso de un sueño, del otro la destrucción del propio corazón.- Razona el Caballero casi para si.

-Entrar en un torreón privado cuando no te han dado permiso es una forma extraña de querer.-

-Reaccionar al afecto como de un "abrazo de hierro inflexible" también.-

-O quizá ambos estamos errados...-Comienza el caballero.

-....acerca de lo que es querer.-Termina la princesa.

-Y quizá no debería de ser así, quizá...quizá yo no tendría que iniciar ningún viaje, ni escalar ningún torreón ni demostrar ninguna valía para ganar nada. Y quizá estaría bien recordar que una mujer no necesita ser una princesa para merecer una gran aventura. Quizá quererme a mí mismo primero sin anteponer a nadie sea la clave para que quizá un día alguien llame a mi puerta y me pille en zapatillas.-

-Ni yo consumirme en la desesperación al dejar entrar a alguien en mi torreón, que se acomode y me de compañía y saber que, aunque pasara el resto de mi vida dentro de mi torreón con otra persona de la mano, yo soy yo, y mi torreón es mío, inalterable, aunque dentro se celebre un banquete con mil comensales. Y que quizá si me quiero a mí antes que a nadie y no antepongo un sueño para verme como una princesa, quizá entonces cuando alguien entre en mi torreón no me asuste lo que pueda ver, ni vuelva a temer que ello me cambie en algo peor, o con menos brillo.-

Ambos quedan en silencio sin saber qué añadir.

 

-Hubo un día en el que me olvidé de armaduras y vestidos.-Añade el caballero. la princesa duda mucho antes de hablar.

-Sentí lo mismo, y curiosamente el fantasma de ese recuerdo no se ha hecho añicos, quizá es que...por un momento...-

-...no fue un sueño, por un momento no fuimos un caballero y una princesa, sino dos muchachos que querían su bien a través del bien del otro, por igual.-

-Quedémonos con eso.-

 

 

La noche está ya cerrada, con mucha pena silenciosa y tras una despedida fría, caballero y princesa se dijeron adiós. Ya a las puertas del castillo, tras el descenso, el caballero comenzó a caminar de vuelta a casa, tras dar unos pasos se volvió, pero la princesa ya no estaba en la ventana. Se detuvo un momento, miró a la luna, que ya iluminaba el mundo desde lo alto, y pensó en el funesto destino que le aguarda a un caballero que lo sabía todo sobre dragones, de bosques oscuros y terribles peligros en general, pero nunca del dolor del anhelo que se sitúa a un centímetro de la más valerosa proeza que un caballero pueda llevar a cabo, la de un sueño que se deshace cuanto más avanzas hacia él, abandonándose siempre a sí mismo en pos de unos votos terriblemente exigentes.  Dos lágrimas corrían mejillas abajo mientras con una resolución final se desajusta las hebillas de cuero de los costados justo mientras comienza a llover, liberando el plaquín del pecho, luego las de las piernas y los brazos. Finalmente las botas. Hizo un montón  con las piezas a los pies de la torre y allí los dejó junto con sus votos. Puso rumbo al sur, buscando un nuevo sitio en el que empezar de cero, lejos de cuentos, de torres, de princesas y sueños. Perdiéndose entre la lluvia y la oscuridad, la figura del hombre que ocultaba la armadura abandonó el lugar.

La princesa se encontraba en su galería, pasando alegre el candil de lienzo en lienzo, pensando en su nuevo caballero. Pero la lúz anaranjada era una pequeña cápsula de calidez en la enormidad de la estancia oscura y fría mientras caminaba observando los diversos lienzos que mostraban a los antiguos caballeros, Sir Iam Macllomon con sus andares graciosos, Sir Lucius de Harrenhall con su imponente voz y sus habilidades con la espada, Sir Kelvin de Vicent, con su fuerte sentido de la justicia y su caracter fiero y masculino. Finalmente añadió un último lienzo...que le trajo sus propios recuerdos mientras dos lágrimas corrían mejillas abajo.

La Princesa se sentó, abandonada por las fuerzas ante aquellas caras, aquellos gestos, aquellas armaduras. Y el silencio...el silencio de la torre, ese rumor persistente y pesado, aquella oscuridad terrible que ninguna de sus fantasías había conseguido llenar de las risas y la alegría que había soñado tantas veces. Aquel frío eterno parecía ser la única ensoñación que podía hacerse real, que podía tocarla sin convertirse en piedra.

Una rabia incontenible se apoderó de ella y lanzó el candil a la pared que, con una explosión de chispas, estalló al golpearse contra la pared. Salió de la galería, tomó una antorcha de la pared del pasillo. Subió a sus aposentos, abrió los armarios y presa de la ira prendió fuego a sus vestidos. Usando la antorcha como vara, golpeó la estantería que contenía sus diademas haciendo volar en pedazos cada una de ellas, las de diamantes, la de zafiros...

Finalmente fue a la biblioteca donde todos los volúmenes que le habían lavado el seso con sueños incalcanzables de felicidad infinita y perfecta. Libros como únicos compañeros eternos en las noches frías, en el torreón. Les prendió fuego y salió de allí.

Ya con el torreón asomando lenguas de fuego por cada agujero, la princesa, vestida con unos pantalones de piel, el pelo recogido en una coleta, calzando unas zapatillas de cuero cómodas y confortables, se ajustó una mochila con víveres, tomó aire y se encaminó al Norte, lejos, fuera del alcance de la visión de la torre, de su padre y de más caballeros. Lejos de la soga de los sueños de arena y de la realidad de un vestido de princesa al que le había visto la trampa, un vestido tan "perfecto", tan medido y tan justo que crea una princesa que no necesita cuidar los sentimientos de nadie más que los suyos, ni cuestionar sus actos (una princesa nunca se equivoca) y que al llevarlo puesto no puede verse más que a sí misma reflejada en las caras embobadas de unos pobres diablos que al final, presa de sus emociones, pierden las buenas maneras (cuánta incorreción) ante tan aparente incapacidad de entrega y empatía.

En mitad de la noche, una torre arde, de sus ventanas salen jirones de tela de colores en llamas, algunos de ellos caen encima de un montón de piezas de hierro, abandonadas a sus pies.

 

 

 

You're the one who's nearly breaking my heart.
Had your chance, you just threw it all away.
Living in a world that you could never be a part of
And never time to walk away.

[ Chorus ]

You can't stay, no, you can't stay.
You're no loser, there's still time to ride that train
And you must be on your way tonight.
Think anew right through, you're a man in the rain.

What's the use in hanging round these walls.
Lamps are burning, but nobody's at home.
There's a new day dawning as a cold rain falls
And now's the time to walk alone.

[ Repeat Chorus ]

How's it feel when there's time to remember?
Branches bare, like the trees in November.

Had it all, threw it all away.
Now's the time to walk away.

[ Repeat Chorus ]

How's it feel when there's time to remember?
Branches bare, like the trees in November.

How's it feel when there's time to remember?
Branches bare, like the trees in November.

[ Repeat Chorus ]

Threw it all away, threw it all away
And now's the time to walk away.

[ Repeat Chorus ]

servido por Gonzalo Darko 5 comentarios compártelo

10 Mayo 2010

Historias breves (V)

Consulta

 -Bájese los pantalones.-

-¿No puede darme un minutito?-

-No se preocupe, cálmese, relájese y bájese los pantalones.-

-No, es que...es que ahora mismo no...-

-A ver, que ya es usted mayorcito, no tenga vergüenza.- La enfermera le baja los pantalones, luego los calzoncillos y se queda mirándo fijamente.

-Vale, mejor le damos un minutito.-

 

 

Tienda

-¿Cuál prefieres tú?.-

-Pues no sé, el rojo, creo.-

-No, nada de creo. ¿Cuál te gusta más?-

-Pues...a ver. Vale, creo que el azúl. El azúl, sí, ¿te gusta?.-

-Buena elección, es el que mejor te queda.-

-Pero...es que ya tengo una casi igual. Casi que el rojo mejor.-

-Respira hondo...-

 

Taxi

 -A Gustavo Montálbez, por favor.- Arranca.

-Eso queda por Silvio Lustrosa, ¿no?.-

-No lo sé, está cerca de Paseo Guardiola.-

-¿Paseo Guardiola? ¿eso es dónde la gasolinera esa con un elefante azúl en el cartel?-

-Ahora mismo no sé decirle. Con que me deje donde el campo de Fútbol me vale.-

-¿Qué campo?-

-El Pedro Linares.-

-¿El Pedro Linares no está al sur? ¿por Móstoles?-

-No, está a dos calles del Paseo Guardiola.-

-Ah, el de la gasolinera con un elefante azúl, ¿verdad?-

-No sé, si usted lo dice imagino que sí.-

-No, a ver, dígamelo porque no es lo mismo una cosa que otra.-

-No tiene un ¿gps?-

-No, no me hace falta.-

-Ya... Pues creo que queda cerca de la parada del 147.-

-El 147 no llega hasta allí.-

-No, sí que llega, se lo digo que sí que llega.-

-Que no, chaval, que el 147 se queda mucho antes, a una calle de Salmo Narciso.

-No conozco esa calle, no me suena.-

-Que sí, se mete por Primo Salcedo, entra por la bocacalle de Celtíberes y ya se queda ahí.-

-Bueno, a lo mejor la parada que le digo es anterior, ¿no?-

-No puede ser, ya la anterior está lejos de la gasolinera del elefante, pero mucho, mucho, mucho.-

-Qué raro...-

-Claro, es que hay que saber a dónde va.-

-Voy a la calle Gustavo Montálbez.-

-Ya, ya me ha dicho, pero es que eso no nos dice nada.-

-Bueno, a lo mejor debería tomar otro taxi.-

-Que no, que no, que llegamos.-

 -Pero entonces ¿a dónde vamos?-

-Yo le dejo donde la gasolinera del elefante y ya usted se apaña.-

-Bueno...vale.-

-Por allí vivía mi sobrina.-

servido por Gonzalo Darko 5 comentarios compártelo

18 Enero 2010

Moleskines, felpas y gabardinas (I parte)

Luis Garrido estaba sentado en una cafetería, estrenando un moleskine que le habían regalado, mancillando sus páginas con pensamientos aleatorios acerca de la diferencias claves entre la década de los ochenta y noventa para un post que le habían pedido con motivo del cambio de década. Y allí estaba, amenizando las pausas entre idea e idea con sus habituales dibujos compulsivos de cubos, espirales y tornados, cuando por alguna razón levantó la vista y se fijó en el ajetreo que le rodeaba. Nada fuera de lo normal, camareros poniendo cafés, el sonido infernal del calentador de leche, el tintineo de las cucharillas, el zumbido de varias conversaciones al unísono, de la máquina tragaperras haciéndose notar. Y por alguna razón, ahí, a las nueve de la mañana de un lunes lo supo todo.

Le vino a la cabeza la idea de que aquella visión tan común y costumbrista demostraba feacientemente sin ningún género de dudas que no existe lo paranormal. Era curioso, porque no estaba pensando en nada de esa pasta en aquel momento, de hecho, Luis estaba dándole vueltas a la idea de porqué lo único que se le venía a la cabeza al pensar en los noventa eran los pantalones de MC Hammer, la expo de Sevilla, la Guerra del Golfo, Chimo Bayo y Alfonso Arús con unas gafas amarillas gigantes.

Pero le vino así, ¡plaf!, lo supo tan de verdad como que dos y dos son cuatro, claro y fácil como un enigma una vez leída la solución. Ni karma, ni espíritu, ni fantasmas, ni vida después de la muerte, el mundo tenía de trascendental lo que las zapatillas de felpa rosa de andar por casa de su madre.

Entendió con más convicción que nunca que todo es un cuento que sale de las emociones humanas para luchar contra el vacío y la idea de la nada, en su intento por ordenarse el mundo en la cabeza de una forma soportable. Luego claro, el ser humano lo había puesto fácil con toda la retaíla de ideas surrealistas derivadas: que si soy güeno voy al cielo (entiendase cielo como un lugar fetén, así, en general). Que si me inmolo me ligaré a quince vírgenes en el más allá. Que si mato a un cerdo y me como su corazón me convierto en "Super Cerdo". Que en la casa de mi prima hay espíritus que rascan las paredes y manejan los electrodomésticos (en especial la minipimer) que si fuera otra no, pero si lo dice mi prima me lo creo (aunque tenga ese deje extraño en el habla y los ojos un pelín estrábicos). Que si me doy de cabezazos contra una piedra encontraré marido y...para qué seguir.

Perdido en estas ideas miraba Luis con cierto desencanto el panorama lluvioso de la calle, cuando se sobresaltó con el golpe que dio la puerta de la cafetería al abrirse de golpe. Con paso firme entró al interior una gabardina color crema de cuyo extremo asomaba una cabeza calva y sonrosada como una salchicha asoma en un perrito caliente. Tenía barba blanca, corta, pero muy tupida. Sonreía y bufada mientras se sacudía el frío de encima.Alzó la mano para saludar al camarero, que no hizo ademán alguno de devolver el saludo.

El señor se desenrredó del cuello una larga bufanda negra, se quitó la gabardina y la colgó en el perchero. Fue entonces cuando se giró hacia Luis, levantó las enormes cejas negras a modo de saludo y se dirigió hacia su mesa.

-¿Se puede?-Preguntó sin esperar respuesta mientras echaba la silla para atrás y se sentaba.

-Claro...-Balbuceó mientras intentaba entender el por qué de que todos los locos y los borrachos se le acercaran siempre a molestar.

El señor parecía bastante más viejo de cerca, debía de tener unos setenta, y Luis no pudo evitar encontrarle un parecido de lo más razonable a Antonio Ferrandis.

-No soy Chanquete.-

-¿Perdona?.-Dijo Luis sacado repentinamente de sus pensamientos.

El viejo se sacó una pipa de un pequeño bolsito de cuero marrón que le colgaba, se la encendió, le dio una calada larga y luego añadió.

-Que no soy Chanquete. Soy Dios, y tenemos que hablar.-

Tags: dios, chanquete

servido por Gonzalo Darko 7 comentarios compártelo

29 Diciembre 2009

"Caballero" y "princesa"

 

Un exhausto caballero de armadura abollada se encuentra a los pies de un majestuoso castillo. Alza el puño y haciendo acopio del poco resuello que le queda lo descarga sobre la madera, 

¡Pum!, ¡Pum!, ¡Pum!

-¿Quién es?- Suena un voz ronca de mujer.

-Soy Gabriel, el caballero que aceptó el desafío, aquí estoy, he superado el acertijo de la esfinge, he matado al dragón, he atravesado el bosque de los siete peligros, he bebido el veneno mortífero, he sorteado el laberinto sin salida y me presento ante tu puerta.

-¿Con qué intención?-

-Pedir tu mano.-

-¿Sólo mi mano?-

-Primero la mano, luego ya veremos.-

-Mira, ahora mismo no es un buen momento, ¿puedes volver mañana?-

-Los cojones.-

-Pero vamos a ver, para empezar ¿vienes a pedir mi mano? ¡si no nos conocemos!-

-Mira maja, después de lo que he pasado para llegar aquí, digamos que tengo el criterio...accesible, tu abre.-

-Ya, claro, tu criterio ¿Y qué hay del mio?-

-A mí...a mí no me han dicho que tuviérais de eso...-Murmura el caballero confundido consultando un trozo de pergamino en el que se puede leer "Dragón, bosque siete peligros, laberinto, veneno, matrimonio"- aquí no dice nada de que tengais criterio, o sea, a mí lo que me han vendido es que pasas las pruebas, llegas al castillo y...-

-Ya, y yo te recibo con las piernas abiertas, ¿no? ¡hala!.-

-Sí, más o menos, ¿no? abre la puerta, jones.-

-Pero vamos a ver, alma de cántaro, ¿quién te ha metido en esto?-

-Un señor que vino al pueblo. Nos reunió en la posada y nos dijo que había una princesa encerrada en un castillo guardado por un dragón terrible, blablabla, que no se qué... y que si pasábamos las pruebas y tal nos podríamos casar con ella y...-

-Para el carro. El señor ese no tendría una barba larga y hablaba así como gustándose mucho, ¿no?-

-Pues...ahora que lo dices, sí que tenía un tono un poco ampuloso el viejo, sí.-

-Es mi padre.-

-¿Cómo?-

-Que es mi padre. Ni caso. Te ha tomado el pelo, ve y dile cuatro cosas.-

-Pero vamos a ver. ¿Tú no estabas esperando a que te salven de este horrible sitio? ¿no esperabas al caballero maravilloso que demostrara su valía? ¿qué es toda esa mierda que me ha contado tu padre?-

-Ni caso, está obsesionado con que a mis años tengo que buscarme un marido y que si el reloj biológico, que si los niños...vamos, que no ve el momento de echarme de casa y tal.-

-No comprendo...-

-Nada, que no acepta que una chica de hoy en día prefiera estar sola, a su aire, haciendo lo que le de la gana.-

-Pero...pero...¿qué hay de mí?-

-¿Estás bueno?-

-Hombre, ten en cuenta que vengo de bregar con bastante mierda, ahora mismo estoy un poco...-

-¿Estás bueno?-

-Sí, estoy bueno.-

-Espera, que te abro.-

La puerta del castillo se abre y aparece la princesa, en pijama, zapatillas de peluche con forma de dragón y fumando un cigarro. Mira a Gabriel de arriba a abajo.

-No estás bueno...-

-Espera, que me quito el casco.-

El caballero se quita el casco y lo deja en el suelo, se hiergue y da una vuelta sobre sí mismo, la princesa le mira desde detrás del cigarro sin cambiar el gesto.

-No estás bueno.-

-Ya, lo sé, pero si no, no abrías la puerta.-

-Buena respuesta. Un puntito para tí.¿Y yo? ¿qué te parezco?-

-Pues bueno...digamos que el viejo se ha gustado mucho en su discurso, y que obviamente, a juzgar por tu aspecto, no esperabas visita...-

La princesa hace el amago de entrar de nuevo en el castillo.

-Peeeero, sigo queriendo tu mano.-

-¿Sólo mi mano?-

-Sólo tu mano. La que no sujeta el cigarro, si puede ser, pero soy flexible.-

-Bueno, Gabriel, creo que obviamente todo esto ha sido un error y que no vamos a ninguna parte, si no te importa voy a ir a comentar esto al facebook.-

-No te vayas, joé, ya que he pasado las pruebas al menos déjame invitarte a un café o algo, no sé, conozcámonos.-

-Te veo un poco ansioso, ¿no? ¿a cuento de que buscar esposa?, es un pelín rancio.-

-Soy un caballero, no sé de rancio, sé de lo que sé.-

-¿Y qué sabes?-

-Que quiero una esposa y que esa eres tú.-

-¿Cómo que soy yo?-

-He pasado las pruebas, ¿no?-

-Macho, yo no sé nada de pruebas, no sé nada de dragones ni de bosques ni venenos, a mí déjame de rollos, si te has hecho ilusiones es cosa tuya.-

-Bueno, está claro que tu padre no me habló de la última prueba, que debe de ser esta...-

-Oye rico, que no soy un concurso andante.-

-No eres el concurso, eres el premio.-

-Ohhh, que bonito. Tu lo que quieres es triskiwilly, no me comprarás con baratijas.-

-Vale, ¿qué signo del zodíaco eres?-

-Sagitario.-

-Yo soy Capricornio, ¡estamos hechos el uno para el otro!-

-Creo que te lo vas a tener que currar más...-

-¡Bah! esto es absurdo, eres una engreída, además tus dedos me dan yuyu, son demasiado finos, me voy.-

El caballero se da media vuelta y emprende su viaje de regreso.

-No...espera, ¡espera!.-

-¡Márchome!, me lo he currado, he demostrado mi valía, y tu estás aquí en plan "princesa", pero a lo chungo. Chao. Y bonitas zapatillas.-

-¿De verdad mataste al dragón?-Interrumpe ella.

El caballero se vuelve de nuevo hacia ella.

-Y me comí sus testículos.-

-Eso te lo podías haber ahorrado, pero bueno...es dulce que lo hayas hecho por mí.-

-Ya, ahora me vienes con esas, ¿no?. Creo que no mereces el esfuerzo.-

-Espera, espera. ¿Y el veneno?-

-Hasta la última gota, he estado en coma tres días, sólo la imagen de tus manos en mi mente me dio fuerzas para sobrevivir.-

-¡Pero si no habías visto mis manos!-

-Unas manos son unas manos, ya me entiendes...-

-¿Y el acertijo de la esfinge?-

-Fácil. Zinc.-

-¿Zinc?-

-Sí, el producto del que Sudáfrica es el mayor exportador. Me salió una vez en el trivial, edición Master, claro.-

-¿Y el bosque de los siete peligros?-

-Resultaron ser ocho peligros, los cebollinos sodomitas fueron fáciles de matar, las salamandras especuladoras difíciles de persuadir, los efluvios del sueño suicida casi irresistibles, el pulpo taciturno inaguantable, las nínfulas promiscuas unas pedorras, la ciénaga del domingo infinito inabarcable y las voces desalentadoras fueron realmente deprimentes, pero...¿es que a nadie se le ha ocurrido poner un váter en ese bosque? menos mal que las hojas de los árboles son suaves...-

-Eso último te lo podías haber ahorrado.-

-Pero conseguí salir porque de noche creí escuchar "Sexual Healing" de Marvin Gaye saliendo del castillo, así me orienté hacia el camino correcto.-

-Ah, claro, soy yo con el Spotify, que me quedo las noches en vela. Mola. Es dulce.-

-Ya, muy dulce...sobretodo cuando al final de tanto pesar te esperan quejas, exigencias y la cosa esa que decías antes, ¿cómo era?-

-Criterio.-

-¡Eso! criterio. ¡Me venis con criterio!-

-Macho, el acento medieval te va y te viene que da gusto.-

-¡Cómo osais! ¡lárgome!-

-¿Y el laberinto?-

-Un coñazo, tarde un mes en encontrar la salida, y eso porque usé un truco que aprendí jugando al "Doom" que es ir siempre a la derecha, tardas un huevo así, pero bueno. Tuve que comer lombrices de tierra para sobrevivir.-

-Eso te lo podías haber ahorrado, contarlo, quiero decir.-

-Pero por encima de las paredes del laberinto se veían los torreones del castillo y te imaginaba en peligro y sabía que tenía que continuar...aunque luego todo era un rollo macabeo de tu padre, pero bueno, que yo lo sentía así.-

-Eso es más dulce que lo de los gusanos.-

-Indeed.-

-Bueno, pues aquí estamos.- Dice la princesa sin saber qué añadir mientras menea una zapatilla draconiana de un lado al otro.

-Aquí estamos, síp.-

-Y eso...-

-Y eso...-

-¿Y qué tal todo?-

-Bien, como siempre, en mi castillo, rutina e ideosincrasia.-

-Ya...-

-¿Un caballero, pues?-

-Sólo en apellido e intenciones, en realidad esta armadura me la ha prestado mi primo. Yo soy campesino.-

-Ya...pero la misión era para caballeros, ¿no?-

-Bueno, sí, ¿es un problema?-

-No necesariamente...supongo.-

-Bueno, me alegro.-

-Y ahora que estás aquí y me has visto...¿piensas que ha merecido la pena?-

-Bueno, es...curioso.-

-¿El qué?-

-Que no me he encontrado prueba más dura que esta.-

-¿Cuál es esta?-

-Tú. Yo esperaba a una princesa de estas con diadema de diamantes y modos de señorita, con el "sí" por bandera, con la que casarme y tener mil niños y acabar hasta el pito de tanta felicidad. Que te hayas hecho valer de esta forma, que me hayas dicho que no, joder, eso ha sido peor que el aliento del dragón. Y lo del criterio ese tuyo que comentabas ha sido...excitante, por un momento he visto mi voluntad flaquear, cosa que no me había pasado antes, toda esas pruebas de mierda sabía que las sortearía, porque iba preparado. Pero no iba preparado contra tu voz ronca y tus zapatillas de casa. Me gustan los retos.-

La princesa sonríe y tira el cigarrillo antes de preguntar.

-¿Un café?-

-Un café, cojones.-

 

 

 

servido por Gonzalo Darko 17 comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de Gonzalo Darko

Gonzalo Navas

Madrid, España
ver perfil »
contacto »
Nene, Madrid, Verde, Aries, 31.

Visitor Counter
Visitor Counter

Fotos

Gonzalo Darko todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera