La Coctelera

Gonzalo Navas

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Categoría: Mientras tanto

9 Octubre 2010

Mientras Tanto: A las cuatro de la madrugada (II)

 

  

(II) La Coruña. En un pequeño apartamento de la Calle Orzán, Amelia se limpia el sudor con la manga del camisón naranja mientras usa el otro brazo para limpiar el dichoso rincón de la mampara suspendida sobre los fogones de la cocina. Nunca llegaba con comodidad, mientras maldice en silencio se inclina más sobre la encimera, que se le clava en la cintura.  

Una vez que lo ha dejado razonablemente limpio regresa al fregadero, examina los cubiertos que ya estaban secándose y localiza una mota de comida entre los dientes de un tenedor. Abre el grifo y va sacandolos uno a uno para frotarlos de nuevo. Cuando termina echa un vistazo distraído a través de la ventana, la luz naranja de las farolas ilumina la calle desierta, dándole un aire lúgubre. Su mirada se centra ahora en una mancha en el marco de madera, chasca la lengua y toma un trapo y un bote de embellecedor. No para hasta que la madrea no reluce, frotándola con energía.

Una vez terminado el trabajo se apoya sobre una silla para tomar aliento, y repara en que las sillas de la cocina no están bien colocadas, una a una las va empujando las cuatro hacia la mesa hasta que sus respaldos quedan alineados.

Luego el suelo, de tanto ir y venir se ha llenado de motas de polvo y algunas gotas de agua que han caído desde el fregadero. Agarra la fregona, la empapa y la escurre con fuerza. Ya lleva la mitad del suelo cuando suenan unos toques tímidos en la puerta. Amelia deja la fregona en el cubo y se acerca a la puerta sin hacer ruido. Mira por el visillo.

Deformada como por un ojo de pez ve la mata frondosa de pelo negro azabache de su vecina Lúa, en bata, ocultando un bostezo tras un puño, que usa para volver a dar unos toques con los nudillos unos segundos después. Amelia se muerde un padrastro, pensativa, finalmente retira la cadena del pestillo y abre la puerta.

-Amelia, hija, ¿qué alboroto es ese a las cuatro de la mañana?- Pregunta Lúa en voz baja con un tono de sincera preocupación.

-Ay, que te ha despertado el ruido del fregadero, perdóname, que ya me voy a dormir...-contesta Amelia, apurada.

-El fregadero, las sillas...pero qué haces a estas horas, ¿es que no te viene el sueño?-

-Nada, cariño, que no me viene, que me pongo a dar vueltas en la cama como una tonta y me pongo a dar vueltas por la casa como un fantasma a ver si me llega.-Dice Amelia ocultando los jadeos producidos por el esfuerzo.

-Estás sofocada y todo, ¿Puedo pasar? ¿Te preparo una tila o algo?- Pregunta lúa haciendo amago de entrar.

-Ay, deja, que no, que no te molestes.-Contesta Amelia tironeándola de la manga de la bata en dirección a la puerta de al lado.

-Quita, anda, venga, tira para adentro.-Replica Lúa, empujando a lúa adentro y cerrando con cuidado la puerta tras de sí.-

Lúa sienta a Amelia en el salón y le ordena que no se levante, va a la cocina y prepara dos tilas y unas pastas, minutos después aparece en el salón y coloca la bandeja sobre la mesa.

-Bebe. Cuidado que está caliente.-Dice Lúa, tomando su taza con cuidado.

-Gracias, cariño. Oye, vete ya, que se te van a preocupar en casa.-

-Déjale, si está roncando, él no te ha oído, a ése no le levanta una bomba.-

 

 

 

Los sorbos y el tintineo de las cucharas queda roto por Lúa, que habla mirando a Amelia fijamente.

-Amelia ¿qué vas a hacer mañana?-

-Ay, tengo muchas cosas que hacer. Tengo que ir a comprar lo de la semana, luego me voy a pasar donde Luque a por unas cortinas para la niña de mi hermana y después por la tarde voy a ir a acompañar a la mujer de Amadeo al centro de salud y después...-

-Pero mujer-Interrumpe Lúa- para un poco ¿no? que me está dando sofoco sólo de oirte. Estás todo el día de acá para allá, que si la niña de tu hermana, que si esto para este y esto para el otro, ¡para un poco que te va a dar un ahogo  un día y te vas a quedar en el sitio!-

 

Lúa toma aliento, le coge de la mano a Amelia y pregunta:

 

-¿Y la nena?-

-Ay, la nena. La nena no se acuerda de que tiene madre.-Contesta Amelia cambiando el gesto y mirando hacia el suelo.

-No seas así. ¿Cuánto hace que no hablas con ella?-Pregunta Lúa, amablemente.

-No me acuerdo ya. Ya tiene lo que necesita con el de los pelos.-

-Es su novio, Amelia, y la nena es mayor ya para hacer su vida, ¿no te parece?-

-Y a mí que me zurzan.-Dice Amelia meneando la cabeza levemente de un lado al otro.

-Déjate de que me zurzan ni que no me zurzan, aquí no se zurze a nadie. Normal es que no venga a tus brazos, Amelia.-

 

Amelia aprieta la boca y guarda silencio. Lúa sigue hablando.

 

-Tu no querías entender que ella no puede estar toda la vida pegadita a tí, ahora este es muy feo, este muy tonto, ese tiene un pendiente en la nariz, Madrid está muy lejos, Barcelona está muy lejos, Londres ni hablar del peluco...no la has dado ni ésta, mujer. Normal que ahora no quiera ni verte-

-Pero a ése si lo puede ver, ¿no?-

-Amelia, le has hecho la vida imposible a todos los chicos que ha traído, es normal que a éste no te lo traiga por aquí.-

-No me quiere, los niños de ahora son así, anda que iba yo a abandonar a mi madre cuando se quedó sola...-

-Pero eso fue una decisión tuya, mujer. La nena no tiene culpa de que Bernardo muriera y que ahora estés menos acompañada, compréndelo, ella tiene que vivir su vida.-

-Y a mí que me zurzan.-

-No te pongas así, si ella no viene es porque tú te pusiste muy mal. Ella te adora, con todo su ser. Pero necesitaba de ti que le dieras alas y no que le pusieras un cepo.-

 

-¿Que me adora? pues ya me contarás cómo lo demuestra, yéndose a Barcelona a vivir con un chico que vete tú a saber de qué vive y con quién anda, y mientras su madre en casa sin poder dormir y dando vueltas como una loca.-

-Tu hija es muy lista y sabe con quién tiene que andar, que para eso la habéis educado bien, y si se equivoca, pues para eso estás tú. Para eso estamos los padres, Amelia. Y no se ha ido a Barcelona para escaparse, se ha ido a trabajar, que aquí no hay de lo suyo.-

-¿Qué sabrás tú?, Claro, como tienes tres chiquillos que vienen a verte todas las semanas lo ves a tu manera, y además tienes a tu marido que te dice y te cuenta.-

-Sí lo sé, bonita, si sé que Bernardo te ha dejado un hueco muy grande. Y que el te sabía manejar bien y era muy "así" con los suyos y con su casa, pero ya no está y hay que tirar para adelante.-

-Yo es que no me apaño, mira, lo hago mal todo. No quería perder a mi niña también y en estas estoy.-

-Ya, pero mira, por querer tanto apretarla con la mano se te ha escapado. Y si la hubieras dejado más a su aire ella misma habría venido. a los niños hay que dejarles sueltos, si son de buen familia hacen lo que tienen que hacer, pero te ha dado miedo y la has apretado mucho y la niña se ha ido, pero no para siempre, mujer.-

Amelia hace una pausa para pensar y continúa

-¿Y si (dios no lo quiera) te quedas sola y los chiquillos ya no vinieran a verte, ¿qué?-

-Pues si creo que me tienen que ver más lo diré, que para eso soy su madre, pero no diciéndoles que no vivan sus vidas. Y si me quedo sola pues vendré a verte más y nos iremos de vacaciones a Francia, que nunca he ido, y tú te vienes conmigo, a ver si ligamos con uno de esos que tienen tatuajes.-

-¡Anda! ya, la otra...-

Amelia se pasa la servilleta por los lacrimales, ahogando una sonrisa. Luego continúa.

-Él me sabía llevar muy bien, desde jóvenes, y era mejor con las cosas de los sentimientos, hablaba muy bien, y con la nena también se manejaba muy bien, hablaban como amigos, bueno, ya me entiendes. Yo soy más para mí, con estas cosas me pierdo y me enfado y ya no sé si subo o bajo.-

-Bueno, pero para eso estamos los que te queremos, para que subas o bajes, y no te quedes en el rellano. Además, tu hija estoy seguro que está deseando que le des "esto"-junta dos dedos ante Amelia- para arreglar las cosas. Tu niña te quiere mucho y si no lo ves es porque no te da la gana, pero te has puesto muy dura con ella y ahora no le haces bien, y ella tiene que proteger lo suyo también. ¿Y qué quieres? ¿Que no se case, que no tenga familia? ¿Y qué ganas tú con eso? Nada, ya con las tonterías, Amelia, si lo va a hacer de todas formas, es la vida.-

-La nena me llamó el martes de madrugada.-

-Anda tú, y ¿qué te dijo?-

-No se lo cogí.-

-Pero, ¿por qué?-

-Porque no me da la gana, no estoy para limpiar conciencias ahora, si no puede dormir que se ponga a fregar o que se vaya al bingo con su novio.-

-Es que mira que eres cabezota ¿eh? es para matarte, te daba un palo y te daba la vuelta, de verdad.-

-El palo me lo daba yo también, y a ella, y a tí también.-

-"Iche" la otra. Llámala y déjate con la mala uva, que tú a eso no me ganas.-

-Pero ¿y qué le voy a decir yo?-

-Que la quieres, eso lo primero, y le pides perdón.-

-Perdón ¿por qué?-

-Pues por todo, que la has alejado cuando la tenías que traer y la has querido traer cuando la tenías que dejar. Y por no saber ni el nombre de su novio.-

 

Amelia pone una expresión de indefensión que no se traduce en palabras, Lúa se levanta sin darle tiempo a argumentar y va a por el teléfono, lo deja sobre la mesa y vuelve a sentarse. Amelia lo coge y vuelve a mirar a Lúa.

-Venga.-

 

Amelia coge el teléfono y mira la pantalla un momento.

 

-Hace nada le estaba acurrucando en el regazo y ahora ya no quiere ni hablar conmigo. Que niña bonita, oye, que parece que nació sonriendo, siempre alegre, que me la quedaba yo mirando como una tonta. Luego se me hizo mayor y ya entraba y salía y hablamos menos, pero me comía a besos cuando me veía, eso sí. El médico me dijo que no podíamos tener hijos, y un día... y ya no hubo más. Yo quería más niños pero no me quejo, es mi niña y la quiero más que al mundo, y ahora ya no sé ni dónde anda...-

-Llámala. Si te lo estás diciendo todo tú, tontaina.-  

-¡Son las cuatro de la madrugada! no, no, no se llama a estas horas. Mañana, mañana sin falta.-

-Mañana, mañana... mañana ya no estoy aquí y vete a saber lo que te va a rondar la cabeza mañana, venga, llama, que te vea yo.-

-Que no, que no, que a esta hora va a estar dormida, la pobre.-

-¿Un sábado a las cuatro de la mañana? estará tomándose la primera por ahí. Venga, lianta, llama.-

-Lianta tú, que mira la que me has organizado. A ver, espera, que la llamo. A ver.-

 

En ese momento suenan unos golpes tímidos en la puerta.

 

-Este es Isi, que parece que si me voy dos minutos me voy a ir con el frutero, te dejo aquí tranquila, pero vas a llamar, ¿no?-

-Tú te quedas ahí donde estás.-Dice Amelia, severa, señalando el sillón.

-Entonces espera, que me lo despacho rápido.-

Amelia mira fijamente el móvil mientras va buscando el número de su hija, del otro lado llega la voz susurrante de Lúa explicándole a su marido por qué se mete en la vida de los demás y qué hace revolviendo a esas horas de la noche. Luego un silencio y la puerta cerrándose. Lúa se agarra el camison mientras recorre el salón y se vuelve a sentar en el sillón, mirándo a su amiga fijamente.

 

Amelia, con dedos temblorosos aprieta el botón de llamada e introduce el móvil por la mata de pelo rizado color plata, a la altura de la oreja.  Pasan unos segundos y suena el primer tono. Luego el segundo. El tercero. Un cuarto. Finalmente se corta el tono, y tras lo que Amelia le parece un largo silencio, suena un chasquido y sigue una voz. 

-¿Mamá?- Pregunta una voz de mujer, suave y queda al otro lado del teléfono.

-Hola, hija.-

-Hola.-

-¿Qué haces?-Pregunta Amelia con voz temblorosa.

-Estaba durmiendo.-Contesta la voz, ahogando una risa amable, en voz baja.

-Claro, normal-Dice Amelia lanzándole una mirada asesina a Lúa, que le devuelve la mirada encogiéndose de hombros- Bueno...-duda unos segundos como esperando algo-pues, vuelve a dormir, te llamo mañana, ¿vale?-

-¡No! Dime, Mamá, dime.-

 

 

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17 Diciembre 2009

Mientras tanto: Capítulo inédito

Hace unos meses fui publicando unos relatos que fueron convertidos en un libro que en estos momentos estoy intentado que me publiquen. A continuación posteo uno de los relatos que se quedaron fuera y que ira incluído en el segundo volumen (son 2) en caso de que finalmente me anime a escribirlo.

 

(III) Despeñaperros, bar restaurante “Los Jardines de Santa Elena”. Gerardo se arrincona en el extremo de la barra del bar, asegurándose de estar lo suficientemente lejos del jaleo que las familias y sus huestes estaban organizando en el comedor. Sentado en su taburete, intenta recuperar fuerzas  a golpe de café sólo y unos sobaos, lo justo para encarar el resto del viaje  que comenzó en Algeciras y terminará Santiago de Compostela, si el camión se porta.

Echando miradas furtivas al comedor, puede ver una auténtica tormenta de camisetas de colores, gorras, madres histéricas detrás de sus  pequeños salvajes y a los camareros sudando a chorros de una mesa a otra no dando abasto. Cerca de la salida, dos niños completamente fuera de sí menean una máquina expendedora de caramelos, intentando agenciarse unos cuantos gratis.

 

Gente como aquella era lo que hacía que el mismo viaje en invierno y en verano pudiera tener una diferencia de dos o tres horas, ellos y su costumbre de plantarse en manada en la carretera como si el mar fuera a hacerles olvidar su asco de vida.

Echaba de menos el invierno, la lluvia, el frío, todo aquello que mantenía a  esos "paisanos" metidos en su casa. Las largas horas se pasaban mejor en una carretera vacía, con la rádio como único compañero, tanto en la cabina de su camión como esperando su regreso a casa. Le gustaban los programas en los que la gente de todas partes de España contaban sus historias y sus problemas, era como un prostético de la vida social que le era imposible mantener con sus regímenes de trabajo. Por eso poco a poco su camión se había convertido en su auténtico hogar.

Perdido en sus pensamientos, Gerardo apura su café y saca la cartera para ir pagando. Es entonces cuando nota dos leves toques en la espalda, a la altura de la cintura.

 

Al volverse y bajar la vista encuentra la mirada fija de un niño pequeño, rubio y repeinado a un lado, vestido pulcramente, como si viniera de misa, de su mano,  cerrada como una tenaza, brota un enorme polo de color rosa que a medio derretir, le cae a chorros por la mano y parte del brazo hasta el codo.  El niño no dice nada, tan sólo observa.

 

-Hola.-Dice Gerardo rompiendo el silencio incómodo, fingiendo la típica amabilidad con la que dicen que se debe de tratar a los niños. Pero el pequeño sigue observando sin decir nada. Gerardo mira a su alrededor buscando a una madre con la mirada perdida buscando a su hijo, no la encuentra.

-Se te está derritiendo el polo.-Dice Gerardo sin saber muy bien cómo manejar la situación. El niño sigue sin apartar la vista. Finalmente habla.

-¿Ese camión es tuyo?- Dice el niño señalando al enorme trailer que había aparcado unos metros más allá del local.

-¿Cómo sabes que es mío?- Pregunta Gerardo frunciendo el ceño, a lo que el niño contesta señalándole la camiseta que porta el mismo logo que el lateral del trailer.

-Muy listo. Sí, es mío el camión, ¿te gusta?- Pregunta Gerardo. El niño contesta moviendo la cabeza arriba y abajo mientras le da una chupada al polo.

-¿Me llevas en el camión?-

-¿A dónde...? ¿con el camión, dices? ¿a dónde quieres ir?-Pregunta Gerardo. Gabriel contesta levantando los hombros levemente.

-¿Es grande el camión?-Pregunta el niño.

-Muy grande, caben muchos sillones y armarios dentro.-

-¿Y muchas personas?-

-No sé, pero deben de caber muchas, claro.-

-¿Caben estos?-Pregunta el niño extendiendo cuatro dedos.-

-Sí, claro, más de esos.-Responde Gerardo a lo que el niño responde con una sonrisa.

-¿Y montas mucho en el camión?-

-Sí, hijo, sí, viajo mucho…-Dice Gerardo.

-¿Con tus niños?-

-Yo no tengo niños.´¿ Y tú, cómo te llamas, chaval?-.

-Gabriel Villanueva Castaño, y tengo estos.- Responde el niño como recitando, usando su mano libre para extender cinco dedos.

-¡Qué mayor! Pues nada Gabriel, encantado. Ahora me tengo que…-

-¿Y tú?-Interrumpe Gabriel.

-¿Cómo me llamo? yo me llamo Gerardo.-

-¿Y cuantos tienes?-Pregunta Gabriel. Gerardo sonríe.

-Muchos, más de estos.-Dice gerardo extendiendo los diez dedos.- Y ahora...-

-Ese de ahí es mi hermano, se llama Suso.- Interrumpe Gabriel señalando a uno de los niños que seguían atemorizando la máquina de caramelos.-

-Parece...majo. Es mayor que tú, ¿no?-

-Sí, tiene estos.- Responde Gabriel extendiendo cinco dedos en una mano y aparatosamente otros dos en la que sujetaba el polo que parecía ya un muñón.-

-Muy bien, majo, venga, que tu madre…-

-Y esa de ahí es mi mamá.- Interrumpe Gabriel señalando a una mujer de unos cuarenta sentada a una mesa, mirando ensimismada la carretera a través del cristal de sus gafas de sol y de la ventana del restaurante. ante ella tres platos vacíos y un café humeando.

-Ah, ¿si?.-Dice Gabriel observándola detenidamente.-¿Y papá?- Pregunta Gerardo a lo que el niño contesta levantando fugazmente los hombros sin cambiar el gesto.

-Ya.-

-¿Te gusta?- Pregunta Gabriel

-¿Cómo?-Pregunta Gerardo confundido.

-¿Te gusta mi mamá?-

-Hombre, la verdad es que no está nada mal tu mami, no.- Dice Gerardo casi para sí.

-"La verdad es que no está mal tu mami, no"-Repite Jesús con una sonrisa , imitando el tono de Gerardo y meneando la cintura de un lado al otro-se llama Elena y tiene estos.- Gabriel empieza a extender rápidamente los cinco dedos una y otra vez hasta bien pasados lo que contando en años serían setenta.

-Que salao eres.-

-"Que salao eres".-Responde Gabriel automáticamente sonriendo.

-Está triste, cuando viene al cole, en la cena, en el zoo, en el castillo de colchonetas, con su amiga Loli...-Explica Gabriel con un aire serio. Le da una chupada al polo.

-¿Y por qué está triste?-Pregunta Gerardo volviendo la mirada hacia la madre de Gabriel. Jesús vuelve a contestar levantando los hombros y las cejas -no sé.-Continua-porque llora todo el rato.-

-Ya, bueno, ya vendrán tiempos mejores, no te preocupes. ¿Os vais a la playa?-

-Sí, a casa de la tita Gertru, con el primo Luis y con la prima Marta.-

Gabriel se queda callado unos segundos antes de volver a hablar.

-¿Y yo te gusto?-Pregunta Gabriel con un gesto serio.

-Claro. Claro que me gustas, eres un tío majo.-Dice Gerardo alborotándole el pelo con la mano.

-¿Y Suso?-Gerardo vuelve la mirada al niño del polo verde, que ahora patea el expositor de discos.

-Sí, Suso también me gusta.-

-¿Y mi mamá?-Pregunta Gabriel.

-También me gusta tu mamá.-Responde Gerardo mirando fijamente al niño mientras nota algo cálido pasarle por el estómago.

-¿Y nos llevas en el camión?- Pregunta Gabriel emocionado dando un pequeño brinco. Gerardo le sonríe amargamente, mira a su madre, que sigue mirando la carretera sin tocar el café, luego vuelve a mirar a Gabriel.

-¿Tú...te vendrías conmigo?-Pregunta Gerardo bajando la voz. Gabriel contesta moviendo la cabeza arriba y abajo.-¿por qué?-continúa Gerardo.

-Porque tú me gustas.- Responde Gabriel. La cara de Gerardo adopta una expresión extraña. finalmente habla. 

 -Ojalá pudiera llevarte conmigo, Gabriel.-

 

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21 Agosto 2009

Agradecimientos

 

¡Aj! ya de nuevo en Madrid decir que los 39 relatos del primer volumen de "Mientras Tanto" está en proceso de corrección y reescritura (gracias por la currada, César).

Gracias al apoyo y ánimo de muchos de vosotros me he decidido a intentar publicarlo. Escribir este libro ha sido una experiencia increíble, de las cosas que más orgulloso me han hecho sentir jamás y quiero dar las gracias a la gente que lo ha seguido a través del blog (a todos, dejen o no comentarios) y a los que me han apoyado e inspirado fuera. Gracias (entre otros) a:

Raúl López, María Ysasi, Elena García, Cristina Paniagua, Pablo Navas, Carlos García, Raúl Fernandez, Ana Rúiz, Mario Parra, Juanjo Ramírez, César del Álamo, Silvia Martín, Juanjo García, Adrián Collado y Javier Gil.

 

 

 Parte 1:http://el-compendio.lacoctelera.net/categoria/mientras-tanto/4

 Parte 2:http://el-compendio.lacoctelera.net/categoria/mientras-tanto/3

 Parte 3:http://el-compendio.lacoctelera.net/categoria/mientras-tanto/2

 Parte 4:http://el-compendio.lacoctelera.net/categoria/mientras-tanto

 

 

 

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10 Agosto 2009

Mientras tanto: A las tres de la madrugada (final alternativo)

 

 

 

 

 

 

Oporto, Joaquim consume su tercer cigarrillo con la vista perdida en el paisaje que se abre desde la azotea del edificio donde vive, el lugar que más frecuenta ultimamente. Delante el río, las luces nocturnas y el repiqueteo de la lluvia sobre la piedra. 

 

Al final lo que queda es eso -piensa- hay que tomarlo según viene, tal y como és, quizá no sería mejor si fuera más simple, poder aplicarle su dosis de razón, entenderlo todo, solucionar la ecuación y quedar libre, pero siempre fui nefasto con las matemáticas, me hacía un lío con las cuentas y al final me comía o contaba de más, siempre me acabo perdiendo cuando las cosas se vuelven complejas.

Ahora sí creo en lo que decía Lydia, todo está conectado, el mundo tiene su ritmo, su verdad, ajena a cualquiera y común a todos, nada es cuestión de fácil o difícil, de justo o injusto, es cuestión de lo que és en una matemática perfecta que es mejor no intentar descifrar, es así y no se puede cambiar, porque no se puede cambiar lo que cambia todo el rato. Vivir es eso que está en ese espacio al fondo del armario donde no llega el brazo, ese espacio entre quién eres y lo que el mundo es, ese espacio que se tiene que llenar con lo que uno sea capaz de creer.

Es curioso, me da escalofríos y calor a la vez pensar que ese azar que trae cosas buenas y se las lleva no para nunca, que lo único seguro y común a todos es eso mismo, ese orden perfecto y oculto llamado azar que rodea el camino que andamos todos a la vez y mientras tanto, en un vaivén de días y horas que se siembran de momentos que no se pueden agarrar, sólo vivir, y que se quedan ahí, por todas partes, como un eco inaudible y eterno.

Recuerdos, cierro los ojos y ahí está ella, bailando aquella mañana. Recuerdo sus pies y la luz del sol sobre su espalda, el recuerdo de ese ascensor oscuro y mugriento.

Distancia, siempre distancia, distancia entre ella y yo, entre todo el mundo al fín y al cabo.

Futuro, hubo un día en el que Lydia apareció sin avisar, sin yo pretenderlo, sin buscarlo, apareció a la vuelta de una esquina que crucé no sé por qué, tantísimas cosas podrían haber impedido que sucediera, pero sucedió, por eso  ahora tengo que confiar en que todo está bien, y lo está, lo he hecho bien, por fín, y con eso debe bastarme.

Tengo mi piano, con el podré transformar los gusanos en algo mejor. Es hora de seguir caminando y conocer nuevas esquinas.

 

 

 

Joaquim cierra los ojos y deja que el aire le golpee la cara. Durante unos minutos se dedica a respirar, a no pensar en nada.

Mira su reloj, las tres, hora de volver a casa.

Echa un último vistazo al río, luego se vuelve y camina hacia las escaleras. Sumido en sus pensamientos levanta la vista distraídamente y entonces se detiene.

Joaquim cree por un momento que está inmerso en una de sus escenas imaginarias, pero lo que ve sigue allí, una silueta recortada contra las luces de la ciudad al fondo, una imagen imposible, la impredecibilidad ocupando un espacio improvable, en carne, hueso y gorro rojo, plantada depie en la azotea de su edificio, mirándole.

Joaquim se acerca lentamente sin apartar la vista, intentando no correr. Ya frente a frente no dicen nada, Joaquim se da cuenta de que Lydia respira agitadamente, moviendo los ojos erráticamente, se muerde las uñas y sus piernas no permanecen más de un segundo apoyadas en el mismo lugar. Joaquim la observa algo extrañado, se acerca más y lleva las manos a sus mejillas.

-Ly, ¿qué pasa?- Pregunta, confundido por la expresión inquieta de la chica que parece al borde del colapso. Pero ella no dice nada.

-Ly, ¿qué te pasa?- Lydia le mira y comienza a hablar.

-...llegué a casa, cené algo, me duché...estaba sentada en la cama, todo normal, estaba...poniéndome el pijama...me puse a...hacer las maletas, estaba metiendo mi ropa...y...-

Joaquim mira a Lydia sin entender, esta prosigue su discurdo.

-Metí unos zapatos en la maleta y...entonces...entonces...vi mis zapatos allí dentro y miré alrededor, mi cuarto...y...todo estaba vacío...- Se detuvo incapaz de seguir mientras empezaban a caerle dos lágrimas largas y caudalosas de los ojos.

-¿Qué ha pasado?- Pregunta Joaquim preocupado.

-...estaba bien...y...no sé porqué...-se suena los mocos- me he...no sé por qué...me he dado cuenta, de que no estabas allí, y que me iba y que te iba a perder, de verdad, para siempre y luego...me acordé de momentos...momentos y que -traga saliba-...no había nadie, no estaba sola, pero lo estaba, sola...y...que estás... que estoy cansada -se suena los mocos- que nadie, nadie...me...yo, soy una gilipollas, gilipollas...- Se atraganta mientras busca frenéticamente las palabras que apenas encuentran espacio para salir por su garganta.-

-Lydia...- Lydia no puede hablar más y trata de usar sus fuerzas en recuperar la respiración. Joaquim la abraza y la mece suavemente.

-...lo siento, lo siento mucho, soy un puto desastre, siento haber necesitado ese ascensor para...para...yo...te...lo siento...lo siento, lo siento, lo siento.- Joaquim cierra los ojos luchando por no ser engullido en la fuerza de aquellas palabras. La besa en la frente mientras ella sigue llorando sobre su chaqueta.

 Pasan un par de minutos antes de que la respiración de Lydia se calme, finalmente Lydia acerca su cara al oído de Joaquim y en susurros, a trompicones, interrumpida por lágrimas y mocos, le canta una canción que ambos conocen muy bien.

 

Fín.

 

 

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